#LeyAmnistíaCDMX – Réplica al diario La Razón 26 oct 2016

Artículo original de La Razón: Morena hace ley para quitar delitos a 500 vándalos
Aquí el link de descarga del documento digital: respuesta-la-razon

Ciudad de México, 26 de octubre de 2016.

Sr. Rubén Cortes Hernández,
Director General de La Razón,
P r e s e n t e .

El mayor daño, muy probablemente, que se ha hecho a los detenidos arbitrariamente en marchas y manifestaciones en esta Ciudad, es la criminalización y su identificación, con total impunidad por parte de sus acusadores, como “vándalos” y “delincuentes”.

Si revisamos los medios de comunicación del 1 de diciembre de 2012 a la fecha, vamos a encontrarnos con un mundo de señalamientos, todos ellos falsos, pero que sin embargo han creado un entorno adverso socialmente para las víctimas, que es la fecha no ha sido resarcido a pesar de que se ha demostrado lo ilegal de sus procesos e incluso que muchos de ellos han obtenido sus libertad probando lo falso de las acusaciones que se les hicieron.

Es el caso de la nota aparecida hoy en La Razón, firmada por Luis Alonso, en la cual trata de presentarse a la Amnistía propuesta por Morena como una “ley a modo” hecha para “salvar” a 4 vándalos, repitiendo exactamente lo mismo que ha venido diciendo el GDF desde hace 3 años y soslayando que esos 4 jóvenes están presos por haber asistido a marchas o manifestaciones, que fueron inculpados de diversos delitos en medio de un cúmulo de irregularidades, y ante el fracaso sonado de todos los casos de detenciones en ese tipo de evento, ya que no pudo demostrarse a la mayoría su culpabilidad (más de 500 detenidos arbitrariamente, de los cuales sólo se pudo procesar a 193, casi todos libres por una razón u otra), se pretende ahora usarlos como “ejemplarizantes” de la “eficacia” del GDF y “prueba” de que el vandalismo sí se castiga en esta Ciudad.

La nota incurre, empero, en varias imprecisiones que es preciso aclarar:

1.- Jesse Alejandro Montaño, de 31 años de edad. El fue detenido sin ninguna razón antes de la marcha del 1 de septiembre de 2013 y le fue sembrada marihuana para poderlo acusar de delitos contra la salud, a pesar de que consta en video todo lo que él llevaba en su mochila ese día. Salió en libertad, pero fue nuevamente detenido el 12 de junio de 2014, dice la nota “por ultrajes a la autoridad luego de que… escalara la megapantalla ubicada en el Zócalo capitalino, poniendo en riesgo su vida y la de otras personas”. ¡Vaya delito!

2.- Luis Fernando Bárcenas Castillo, detenido en 2013 a los 19 años, fue acusado de haber quemado el árbol de una refresquera pero no fue detenido en flagrancia sino en calles aledañas al Metro insurgentes; se le detuvo con lujo de violencia y lo sentenciaron con la única prueba de un video editado en el que no se logra ver más que un grupo de personas encapuchadas, aunque la jueza sí distinguió entre ellos a Fernando, y lo condenó a 5 años 9 meses. Le bastó el testimonio de un policía que lo “identificó” en el video y como no correspondía con los encapuchados que quemaron el árbol, lo que se dice es que se despojó de la capucha y de la ropa para confundirse con los transeúntes, aunque no presentan ni la capucha ni la ropa.

3.- Abraham Cortés Avila, joven oaxaqueño de 23 años, fue detenido el 2 de octubre de 2013 por agentes vestidos de civil. A él lo condenaron a pesar de que de la noche a la mañana el delito original por el que se le acusó –portación de objeto apto para agredir- lo convirtieron, mediante el testimonio de dos policías, en tentativa de homicidio. Sin embargo, el MP nunca acreditó el dicho de los policías y los peritos dictaminaron que los objetos asegurados por los agentes remitentes y usados para inculparlo no fueron obtenidos con una adecuada cadena de custodia, por lo que estaban contaminados.  Originalmente lo sentenciaron a 13 años 4 meses, pero en su lucha jurídica para demostrar su inocencia logró que se rebajara la pena a 6 años 6 meses.

4.- Luis Fernando Sotelo. Él tiene 20 años y se le acusa de haber incendiado un Metrobús en CU el 5 de noviembre de 2014, pero en realidad fue castigado porque tenía un historial incómodo como activista comprometido. Tampoco fue detenido en flagrancia, y entre las irregularidades desde su detención constan que fue golpeado por la policía y las lesiones reconocidas por la Comisión de Derechos Humanos; que fue trasladado en un carro particular al MP y después al Reclusorio Sur, antes del plazo legal de 48 horas, y sin que se le informara a los abogados. El único testimonio en su contra es el del conductor del metrobús, una declaración incongruente y prefabricada en la que a pesar de hablar de encapuchados, señaló plenamente como responsable a Luís Fernando.

5.- Gabriela Hernández, Luna Flores, su caso es emblemático de las arbitrariedades cometidas contra manifestantes por la SPP y la PGJ capitalinas. Ella nunca estuvo detenida por motín, fue detenida el 29 de octubre de 2013 y pasaron varios días para que se aclarara la razón de su detención. Dos policías la acusaron de “ultrajes a la autoridad” a pesar de contarse con videos que contradicen sus dichos, y sin embargo, la jueza consideró que era “altamente peligrosa” por ser “asidua asistente a manifestaciones”. Una clara violación no sólo de nuestra Constitución sino de las convenciones y tratados internacionales en materia de libertad de expresión y derecho a la manifestación. Además tiene dos recomendaciones de la CDHDF en su favor, la 09/2015 y la 11/2016.

Ahora bien, respecto a otros detenidos que se señala en el reportaje: José Luis Ramírez Alcántara, no es sujeto de la Ley de Amnistía porque si bien fue preso y procesado penalmente por su supuesta participación en hechos vandálicos del 2 de octubre de 2013, esto nunca se le pudo comprobar y fue absuelto. Y tanto en su caso como en el de Irene Pérez Villegas, se les ha criminalizado por hechos que no contempla la Amnistía (la toma de CU) porque no se trata ni de una marcha ni de una manifestación. Pero además, en el caso de Irene, si bien fue detenida en la marcha del 2 de octubre de 2013, salió inmediatamente libre bajo fianza, confirmándose que los policías utilizaron toletes y gas pimienta, por lo que las detenciones fueron ilegales.

Conviene señalar además, que Abraham Cortés y Jesse Alejandro Montaño están considerados dentro de Recomendaciones de la CDHDF. Jesse Alejandro en la 11/2015 donde se consigna la tortura de que fue objeto, y en la 11/2016 donde consta lo arbitrario de su detención; y Abraham Cortés en la 10/2015 donde se da testimonio de la fabricación de delitos. Y si bien a Luis Fernando Sotelo y Fernando Bárcenas no se les considera en ninguna Recomendación, la CDHDF mantiene bajo investigación ambos casos, el de Sotelo en el Exp. de Queja CDHDF/122/COY/14/D7154 y el de Bárcenas en el Exp. de Queja CDHDF/122/CUAUH/14/D1638. Contando éste último además con un “Amicus” emitido por el Centro de Derechos Humanos “Fray Francisco de Vitoria”.

Subrayando por último que este es un caso de peculiar de Amnistía, pues trata de favorecer a inocentes, procesados y presos con procesos irregulares y acusaciones fabricadas, siendo que las Amnistías no se hacen para quienes la justicia señala como inocentes sino para favorecer a quienes los tribunales han condenado. Entonces, doblemente justificada esta Amnistía, porque lo que se busca con ella es hacer justicia y poner fin a un clima de tensión social, reconciliar a la sociedad con las autoridades y abrir paso a una nueva etapa, mejor  que la anterior. A eso se oponen quienes obstaculizan que se apruebe no un “dictamen de Morena” sino el dictamen aprobatorio de la Comisión de DDHH de la Asamblea, quienes con argumentos leguleyos insisten en mantener el clima de encono y desencuentro con un importante sector de ciudadanos, en especial jóvenes, un contexto en el que nadie puede ganar.

Tener jóvenes en las cárceles, y más por los “delitos” que se les achaca a los 4 presos, es una afrenta para cualquier gobierno que se precie de democrático, ya no se diga de izquierda.

Si José López Portillo y Carlos Salinas estuvieron dispuestos a amnistiar guerrilleros y ciudadanos acusados de terrorismo en sus gobiernos. Si priístas como José Murat y Fidel Herrera lo hicieron en sus respectivos estados, ¿cual es la verdadera razón por la que el gobierno de esta Ciudad se niega a corregir los flagrantes errores que cometió con ciudadanos y estudiantes criminalizados injustamente entre 2012 y 2015?

Morena no defiende vándalos ni la Amnistía es un “cheque en blanco” al vandalismo, antes bien la promueve porque hubo detenciones arbitrarias, porque hubo acusaciones inventadas y procesos irregulares mediante los cuales se condenó a inocentes y activistas, y todavía se mantiene a 4 jóvenes en prisión, por el sólo hecho de ejercer su derecho a la protesta. 4 jóvenes que podrían estar estudiando, trabajando, aportando a la lucha social de manera constructiva y que con la sola acreditación de la irregularidad de sus detenciones y las violaciones al debido proceso sufridas por todos ellos sería razón suficiente para dejarlos libres. Y no se ha hecho.

Dicho lo anterior, convendrá con nosotros señor Director en que la Amnistía es la oportunidad de darle vuelta a la hoja de un capítulo que nunca debió haberse abierto. Un llamado a la razón y también a la concordia. No una bandera política sino, llanamente, una deuda social con los jóvenes de esta Ciudad.

En ejercicio del derecho de réplica consagrado por el Art. 6o de nuestra Constitución, solicitamos atentamente se publique la presente en el mismo espacio donde se publicó la nota de referencia el día de hoy.

Atentamente,
Presos, ex presos y procesados en el contexto de marchas y manifestaciones en la Ciudad de México entre 2012 y 2015

Acerca del libro El Mirreynato (spoilers)

Acabo de terminar el libro El Mirreynato del académico y periodista Ricardo Raphael. Puedo decir que ha sido una grata y amena lectura que invita, como muchos otros libros hoy en día, a reflexionar sobre el problema por el que atraviesa la sociedad mexicana. Aunque siempre me han llamado la atención las opiniones de este señor en el programa Espiral que conduce en Canal 11 del IPN, debo confesar que no me había sentido tentado a acercarme a sus textos por encima de ciertos artículos y de las investigaciones que realiza para los centros de investigación o dependencias donde trabaja. Sin embargo, luego de que fuera invitado a presentarlo por igual en espacios noticiosos como el de Carmen Aristegui o el de Carlos Loret de Mola y de haber sido recomendado por diversas publicaciones me sentí intrigado. ¿Qué puede contener este libro que le ha llamado la atención a tantas personas dentro de los círculos de análisis político? Pues luego de aguantar mi curiosidad durante varios meses al fin he podido conseguirlo y me ha gustado bastante y sobre el cual he reflexionado algunas cosas que hoy me gustaría exponer aquí reproduciendo además algunos pasajes centrales del libro. Desde luego yo aconsejaría que no por ello deje usted de leer este libro pues mi poco docta opinión no es garantía de nada y segunda porque le aseguro que vale la pena.

Soy de la opinión de que todos los años que el sistema político priísta gobernó al país (y los que se avecinan) dejaron una cultura política que nos constituye actualmente como mexicanos. Esa forma de hacer política es profundamente autoritaria y aunque los movimientos sociales desde hace 50 años la han denunciado y combatido con fuerza son pocos los que han logrado revertirla o anularla de forma efectiva. Los vicios de mayoritear asambleas, imponer personajes, corromper procesos y corporativizar movimientos (como algunos de los síntomas de esta enfermedad) se reproducen en todos los partidos, en casi cualquier organización sindical, en muchísimos movimientos, en no pocas organizaciones y en la mayoría de la sociedad mexicana. Los procesos políticos que han logrado horizontalidad y democracia son mínimos porque seguimos reproduciendo los mismos vicios políticos y porque estos se han acentuado en los grandes núcleos de poder arrastrando a una mecánica de corrupción, arbitrariedad y autoritarismo a toda la sociedad.

Ricardo Raphael sostiene una tesis similar pero mucho más amplia. Para él las élites económicas y políticas no sólo están corruptas en términos políticos. La decadencia ética y política, moral y legal, de quienes tienen el poder es tal que ha instaurado una forma de ejercicio de poder y mercado que llama Mirreynato. El motivo del nombre se halla en que para el autor la forma de comportamiento que caracteriza a aquellos que se hacen llamar “mi rey”  se ha convertido en el mayor símbolo de las aspiraciones y valores (o antivalores mejor dicho) a los que trata de arribar la pirámide social mexicana. Cada uno de sus excesos y sus ostentaciones, ahora tan documentados a través de las redes sociales, es la muestra no sólo del grupo que gobierna sino de la forma de pensamiento hegemónica de nuestro país.

A diferencia de la discusión política tradicional que observa la corrupción desde la estructura de las empresas y de las instituciones públicas y que desdeña como un “añadido ilustrativo” los comportamientos abusivos de las élites o de quienes buscan ser parte de las mismas, el académico señala que estos comportamientos son también formas centrales de este ejercicio de poder. Los actos de los mirreyes construyen la pirámide de poder alrededor de un concepto central: la discriminación. Aquí hay que señalar algo que me parece importante pero que no debe llevarnos a prejuiciar al autor: Ricardo Raphael es un autor de corte liberal. En su libro nos habla de cómo este régimen autoritario y exclusivo (en el sentido de que excluye activamente a otros) impide que la democracia se realice y de que el mercado al fin sea competitivo y productivo en nuestro país. A pesar de lo anterior (mejor dicho por lo mismo) no me parece en absoluto desdeñable (menos aún dada mi formación en filosofía) pensar la intrincada relación entre las ideas y valores que constituyen al mirrey. A partir de este extracto del capítulo inicial podemos darnos una idea de lo que pretende su autor:

El mirrey no pertenece a una tribu urbana más: se pretende la tribu elegida, la que se coloca por encima de todas las demás. Su estética y sus placeres, su ostentación a la hora de gastar, su exhibicionismo y su narcisismo suelen tener consecuencias. Es un personaje que intenta volar sobre lo que percibe como un pantano, y en el intento por no manchar su plumaje despoja al otro de su dignidad.
[…]
En contraste [con el junior o el fresa de anteriores generaciones], al mirrey contemporáneo lo tiene sin cuidado la ostentación pública. Todavía más, necesita mostrar cuanto sea posible para que el resto de la humanidad se entere de su naturaleza superior. Puede afirmarse aquí que el mirrey es el junior sin inhibiciones, sin vergüenza alguna que lo devuelva a la moderación. Es probable que el cambio ocurrido entre una y otra generación lo explique una sociedad que se volvió incapaz de establecer controles sobre su élite más pudiente y la corte que lo acompaña.
La prepotencia siempre ha existido pero hoy se hace notoria, lo mismo que la impunidad, la corrupción, la discriminación y la desigualdad; sin embargo, el síntoma de los tiempos es la entrega de garantías para incurrir en todo lo anterior sin pagar costo alguno. Habrá quien piense que la exhibición en redes sociales de los comportamientos mirreynales son una suerte de sanción. Pero, como la historia del Mirrreybook sugiere, esas mismas redes podrían estar potenciando el hambre de alarde y pompa entre los personajes aludidos.
[…]
No se mira en el panorama a otro sector de la sociedad -ninguna otra tribu urbana, grupo de interés, agente criminal, sector de la política- que represente mejor nuestros vicios más desagradables. El mirrey no está en el margen sino en el corazón de la vida mexicana…

Ahora bien desde los movimientos anticapitalistas la consigna fundamental es que el principio de acumulación de la ganancia lleva por sí mismo a una lógica de exclusión y explotación del trabajador. Para poder mantener el sistema capitalista funcionado el burgués debe encontrar la forma de convertir la naturaleza en un producto comercializable y disminuir el costo de producción debido a los salarios de los trabajadores.  Para los capitalistas (y los neoliberales claro) esto es un logro.  La lógica de mercado elimina los estamentos aristocráticos y convierte a los seres humanos en mercancías que pueden, supuestamente, transformar su condición económica a través de la movilidad social, la garantía de que esto suceda es la igualdad legal que existe en un sistema de voto representativo. De esta manera democracia y mercado se hallan estrechamente ligados. Evidentemente el capitalismo, aún en sus mejores exponentes, no ha logrado eliminar  exclusiones o las ha externalizado junto con sus costos. En muchos casos se jacta de haber introducido a mujeres, jóvenes y minorías dentro del sistema de mercado y del sistema de derechos aunque en general tal emancipación es limitada y depende de la permanencia en el mercado del grupo. Mientras tanto la sobreexplotación ecológica, colonialista y laboral se ha trasladado a otras latitudes diferentes a las de los grandes centros financieros.

A la par de esa explotación capitalista tenemos esta lógica de exclusión que ocurre en el Mirreynato y otras partes del mundo y la cual está corrompiendo en todo sentido las instituciones. Una reacción del conservadurismo bajo la óptica capitalista que retrocede más allá de los presupuestos de movilidad social del propio capitalismo (quizá como consecuencia del mismo lo cual es motivo de otra interesante discusión) y que impide la propia dinámica del mercado, atenta contra toda forma de sistemas de representatividad y obliga a toda la sociedad a un ejercicio de violencia excluyente constante que termina por hacerse norma. Este vicio o adversario (como se le quiera ver) del capitalismo y su “democracia” debiera ser motivo de discusión en toda organización social pues en México ha desembocado en un estado de violencia permanente y en Europa se atestigua como el ascenso de la ultraderecha al poder con tintes neofascistas.

Aquello que en otros textos he caracterizado como el autoritarismo priísta es para el autor del Mirreynato una faceta entre las muchas que tiene este sistema político económico como son la corrupción, la discriminación (por color de piel, la misoginia, por grupo laboral) o la violencia, entre otras. En todas ellas encuentra profundamente marcado el concepto de cierre social que retoma de Max Webber:

“[El cierre social es] la acción conjunta de las personas que acumulan las ventajas; este cierre es una estructura que sirve para justificar la inclusión y también la exclusión a partir de ciertas categorías artificales elaboradas por la inteligencia humana. El principal propósito del esfuerzo discriminatorio es perpetuar en el tiempo las ventajas de dominación que posee un grupo humano sobre otro: todos aquellos bienes valorados por el conjunto de la sociedad como de difícil obtención generarán pulsiones tendientes al acaparamiento, la salvaguarda de los intereses individuales y la marginación de todo aquel cuyo afán sea disputar lo que se considera propiedad del grupo aventajado.”

A la exclusión sistemática  de quien no forma parte de la clase empresarial que hace el sistema capitalista, tenemos que añadir esta versión prepotente de los criollismos locales que se cierra en torno a valores tan altos como el abolengo, el tipo de estudios, las influencias, la capacidad de consumo y derroche, el control político, el ejercicio del cohecho, el nepotismo, entre otros. Un sistema de dominación que se ratifica en los antivalores encarnados por sus versiones para las clases medias o pobres: la narcocultura, la misoginia del raeggetón, el chauvinismo profesional, el elitismo en contra de lo naco, lo indio, lo godínez, lo chairo, etc., todas ellas versiones del mirrey que buscan alcanzar las altas cotas de este último y que ven con menosprecio todo lo que les sigue en la escala social.

Este cierre social construido para perpetuar el sistema estamentario que se está construyendo en nuestro país no es una cuestión de valores individuales; Ricardo Raphael demuestra a través de cifras y datos duros cómo esos grupos de poder creado han logrado que el país se estanque siguiendo la línea de lo que el premio Nobel de economía James Hackeman vino a decir alguna vez: en México la cultura política y económica es la de un “capitalismo de amigos”. Por ello es también loable que mire contra los prejuicios que, en aras del capitalismo, nos han impuesto y que al mismo tiempo nos impiden ver que la realidad nacional ni siquiera opera con esos presupuestos. Como ejemplo está lo que expone bajo el apartado “El salario tiene la culpa” donde señala que a pesar de la popular creencia de que es el esfuerzo individual el que reditúa en conseguir un mejor ingreso las cifras lo desmienten. La presión que hacen gobierno y empresas para impedir elevar el salario mínimo en aras de la inversión y productividad de hecho está atentando contra esta última pues impide que las personas se desarrollen laboralmente. Así mismo existe por parte de los empleadores y del sistema de contratación un cierre social que encasilla a los trabajadores en torno a perfiles laborales e impide igualmente su desarrollo en otras áreas. Ambos factores condicionan a los trabajadores mexicanos para que muchos caigan en las garras infalibles del comercio informal.

Así mismo los prejuicios en torno al origen familiar, al sexo y a la edad hacen que los jóvenes y las mujeres sean víctimas de discriminación laboral con empleos mal remunerados en relación al salario masculino en edad productiva. Igualmente ocasiona que todas las personas en general se encuentren encasilladas dentro de su perspectiva laboral a partir de estructuras sociales condicionadas por el oficio de los padres, la conformación de su familia, el matrimonio, el fenotipo y otras características: “A pesar de los datos que en México y en el mundo cuestionan la existencia de una verdadera movilidad social, las personas se venden a sí mismas una ilusión disonante: creen que subirse al ascensor es un acto meramente de voluntad individual. […] Al parecer la evidencia científica nada puede contra la necesidad de engañarse a propósito de una circunstancia que resulta difícil de cambiar. Es mejor pensar que la flojera y no la cuna son la razón de la inmovilidad: al menos lo primero puede modificarse, mientras lo segundo no tiene solución.”

El núcleo fuerte del libro se halla precisamente en la demostración de que la exclusión y la explotación económica van de la mano así como en demostrarlo con cifras (aunque el mismo autor reconoce que faltan estudios más específicos sobre tales temas). Todo ello apunta al hecho de que la clase gobernante ha perdido toda legitimidad y que hay que reencauzarla a los límites de la legalidad y la moralidad acorde con los conocimientos actuales de forma que se recupere el tejido social y se elimine la discriminación. Es ahí donde el autor se detiene y no hace más que una endeble afirmación: “Si bien es cierto que el origen de los valores y la cultura siempre es impreciso, también lo es que ambos ruedan en cascada desde arriba hacia abajo. Por ello, no es barriendo los vicios del Mirreynato que existen en la planta baja como un día todo el edificio obtendrá mayor dignidad. Llegó el momento para que las cosas dejen de romperse por su lado más delgado”.

Aún suponiendo que el objetivo sea transformar y “democratizar” dentro de la lógica representativa al sistema político quienes hacen eso son las masas, los movimientos sociales, los cambios efectivos dentro de la cultura y las estructuras sociales. De tal manera que, independientemente de que existan algunas buenas voluntades dentro del grupo en el poder, de quien depende cambiar las cosas es de la sociedad organizada. El mirrey no necesita otra cosa sino imponer este poder autoritario y corromper a todos cuantos le siguen para perpetuar su poder pero son todos los despojados que le siguen los que necesitan encontrar formas de organizarse que implican nuevos sistemas morales y legales acordes a sus necesidades, coherentes y propositivos en torno a las exigencias actuales. La inundación de exámenes de confianza, pruebas y otras medidas a la clase trabajadora por parte de los poderosos no son un intento de romper el ciclo por su parte más delgada sino de legitimar la misma estructura de corrupción y despojo.

Evidenciar el crimen del poderoso se ha vuelto relativamente sencillo, al menos en los medios tecnológicos con que se cuentan para exponerlo públicamente; no así si consideramos que el poder tiene ahora tentáculos interminables en sus formas de corromper a la sociedad, para muestra de ello están los cinco ejecutados en la colonia Narvarte anteayer. Sin embargo una tarea titánica es la de exponer la desigualdad y la discriminación en nosotros mismos, en nuestros círculos sociales, entre las personas cercanas ya que corremos el riesgo de perder precisamente esos cierres sociales sobre los que hemos sido educados. Sobre todo si consideramos que un cambio en nosotros, como ya se apuntó, no cambia nuestra condición social de la noche a la mañana y posiblemente no lo haga durante toda la vida. El cambio social es gradual y al final de cuentas efectivo cuando la estructura social en su conjunto se ha modificado de manera suficiente.

Dado lo expuesto la invitación de Ricardo Raphael me parece inconclusa pero suficiente. Es un deber de la organización social evidenciar, denunciar y acabar con la exclusión de formas cada vez más integrales e inclusivas. Sin eso no podremos acabar con el Mirreynato o bien sólo lo sustituiremos con otro régimen de opresión y exclusión.