¡Cuánto amo las tardes soleadas y despejadas!

¡Cuánto amo las tardes soleadas y despejadas! Me gusta caminar entre las calles y los prados golpeado por el sol y la brisa. Me gusta sentir como el cuerpo se va quemando en seco acosado por el clima. Tenderme en una banca o una roca, tapar mi rostro y dejar que el sol me castigue y la brisa me reconforte.

Ir sintiendo los párpados pesados agotados por el castigo y mi propia resistencia. Sumergirme en algún sueño bizarro. Son siempre sueños los que surgen de esa experiencia. Sueño con viejas penas y sufrimientos pero mi mente empieza a construir las soluciones que anheló. Cuando cae la tarde y el clima cambia, la brisa enfurece y la temperatura baja me arranca del sueño. Me pongo mi chamarra y sigo caminando. Si tengo mucho tiempo sigo caminando. En cada parque, plaza o banqueta que encuentro idónea para sentarme lo hago y observo a las personas pasar. Sus desfiles interminables generan bellas pinturas en el paisaje urbano; si estoy en el campo observo las sombras de la tierra recostarse contra el cielo oscuro con todas sus estrellas. Después de la catarsis de la tarde y el crepúsculo el mundo de la noche se dibuja diferente, más nítido y más lejano al mismo tiempo. Por eso los mejores meses para vivir eso son de octubre a febrero excepto en los años soleados y secos cuando cualquier día es bueno para experimentar eso. Desgraciadamente este otoño y este invierno, que nunca volverán, me han sido arrebatados. Se observan bellos detrás de estas rejas.

 

 

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