Los presos y los guardias nos preguntan

Los presos y los guardias nos preguntan ¿a qué fuimos a la marcha? Parece una pregunta tan sencilla y es, sin embargo, una duda profunda y compleja. La respuesta sencilla es: a conmemorar la matanza de jóvenes del ’68. Pero surge la duda ¿Por qué conmemorar ese evento a casi medio siglo? Siempre permanece la duda entre las personas sobre la necesidad de rememorar tal evento. Después de todo murieron y su lucha parece vana dado el estado de descomposición del país. Después de todo han pasado 45 años y el crimen sigue impune. Después de todo ese país ya no se parece al actual, en lugar de un gobierno fuerte y represor tenemos esta empresa de rateros y vende patrias ¿no será entonces que esa marcha es un fetiche o un pretexto de ciertos grupos? ¿No será un ritual absurdo donde se escudan radicales de todo tipo?

En cierto sentido no les falta validez a sus dudas. Si, en Tlatelolco murieron cientos de personas por ideales que en buena medida ya no son tan vigentes; pero los valores que les inspiraran si lo son y reconocer su lucha y sacrificio es reivindicar los mismos valores como guías de nuestro ideal político y ético. Por la misma e importante razón que hay héroes históricos o ficticios se admira a las víctimas de la matanza, para rememorar valores necesarios en la construcción de nuestra sociedad. Es igualmente cierto que el crimen sigue impune a pesar de los juicios y las memorias colectivas. No basta con saber la verdad, nuestras instituciones deben reivindicar la verdad y los valores que los fundamentan. En tanto el gobierno no reconozca el tamaño, naturaleza y autores de los crímenes y siga siendo cómplice de las administraciones anteriores y particularmente de aquel gobierno represor ¿cómo confiar en instituciones que no reivindican los valores en hechos concretos que traigan justicia a la memoria histórica? Y también es verdad que el gobierno que tenemos ya no se parece de hecho al que protagonizo la matanza pero los antivalores que lo hacen funcionar siguen siendo los mismos: autoritarismo, avaricia, corrupción, mentira, oligocracia, entre otros. Aunque se transformó  el contenido de la política mexicana no ha evolucionado en su forma, su degradación no implica un cambio en su esencia.

También tienen razón al decir que es una especie de fetiche. Es un símbolo y un símbolo no es una verdad sino la expresión de una idea a través de conceptos. Es un símbolo del compromiso transgeneracional de la lucha estudiantil, de  las agrupaciones de izquierda o con ideologías anti sistemáticas o anti capitalistas. Es un acto ritual donde se reúnen todos a recordarse que no están solos y que siguen luchando por la transformación de la sociedad. El objetivo de respaldar y recordar a los luchadores sociales de los sesenta sirve también para expresarse en torno a los temas de urgente interés de cada año, sirve para hacer un balance de fuerza y un gran acto colectivo que refrende el compromiso con los diferentes frentes de lucha algunos incluso no compatibles entre sí. No se trata de escudarse sino, por el contrario mostrarse, manifestarse, salir a las calles y proclamar nuestra exigencia de que sociedad y gobierno mejoren y tomen en cuenta las propuestas que para ello les presentamos.

El problema radica en que como evento social no es ajeno a los problemas del conjunto en el que se inscribe. Estamos en un momento de polarización, hartazgo, violencia, inestabilidad y opresión. La marcha es víctima de esa situación. Ante la inestabilidad el gobierno responde con mano dura e infiltración, ante la violencia muchos manifestantes contestan la agresión desde el anonimato, el gobierno opta entonces por criminalizar la protesta lo que lleva a división y radicalización política. Incapaces de encontrar suficiente apoyo popular los más grandes radicales empiezan a optar por la clandestinidad, incapaz el gobierno de justificar su represión recurre a la corrupción e ilegalidad para dar un viso de legitimidad a sus acciones. Al menos eso es lo que pienso. Esas son las razones por las que fui a la marcha y por las que vine a dar tras las rejas. No siempre puedo explayarme con presos y guardias pero esto es lo que diría.

     

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Los jóvenes del ’68

Los jóvenes del ’68 lucharon contra un gobierno centralista, autoritario, corrupto, moralista, represor a través de sus instrumentos coercitivos. Era un gobierno que no quería escuchar a su pueblo y en cambio se adjudicaba la última palabra en torno a la política pública y la moral privada. Se levantaron contra la explotación del obrero, el campesino y el estudiante y en busca de un cambio político nacional que democratizara al país. Su lucha tuvo consecuencias inmediatas nefastas pero en el largo plazo permitió la transformación de las instituciones hacia un régimen de descentralización, participación pública y una democratización parcial. Pero éste no es el país con el que soñaron en los sesentas.

No se combatió a las instituciones para transformarlas en títeres de la corrupción, el crimen organizado y el capital trasnacional. Su lucha contra el capitalismo no tenía por fin transformar el Estado de bienestar en el mundo del agiotista especulador de burbujas de capital. La lucha contra la represión y el crimen del Estado no buscaba sustituirlas por la cultura de la enajenación mediática, el uso de instrumentos paramilitares y criminales, el gobierno del gran hermano con sus miles de cámaras, micrófonos e informes. Su lucha por la democracia no era para generar este desgobierno, feudos estatales, abandono del Estado de sus responsabilidades, ni generar una partidocracia que fuera controlada por los monopolios y por las decisiones de gobiernos extranjeros. Su exigencia de ser escuchadas y participar en la política y la cultura jamás buscó la mera posibilidad desvirtuada y cooptada por la mercantilización de los movimientos políticos de jóvenes ni de sus múltiples expresiones culturales. En suma este no es el mundo por el que dieron ni sus vidas ni su juventud. El sueño de ayer por transformar un país no puede ser el mismo de hoy por detener la desintegración del que nos tocó vivir, pero hay que honrar un sueño con otro sueño.

¡Cuánto amo las tardes soleadas y despejadas!

¡Cuánto amo las tardes soleadas y despejadas! Me gusta caminar entre las calles y los prados golpeado por el sol y la brisa. Me gusta sentir como el cuerpo se va quemando en seco acosado por el clima. Tenderme en una banca o una roca, tapar mi rostro y dejar que el sol me castigue y la brisa me reconforte.

Ir sintiendo los párpados pesados agotados por el castigo y mi propia resistencia. Sumergirme en algún sueño bizarro. Son siempre sueños los que surgen de esa experiencia. Sueño con viejas penas y sufrimientos pero mi mente empieza a construir las soluciones que anheló. Cuando cae la tarde y el clima cambia, la brisa enfurece y la temperatura baja me arranca del sueño. Me pongo mi chamarra y sigo caminando. Si tengo mucho tiempo sigo caminando. En cada parque, plaza o banqueta que encuentro idónea para sentarme lo hago y observo a las personas pasar. Sus desfiles interminables generan bellas pinturas en el paisaje urbano; si estoy en el campo observo las sombras de la tierra recostarse contra el cielo oscuro con todas sus estrellas. Después de la catarsis de la tarde y el crepúsculo el mundo de la noche se dibuja diferente, más nítido y más lejano al mismo tiempo. Por eso los mejores meses para vivir eso son de octubre a febrero excepto en los años soleados y secos cuando cualquier día es bueno para experimentar eso. Desgraciadamente este otoño y este invierno, que nunca volverán, me han sido arrebatados. Se observan bellos detrás de estas rejas.

 

 

Por el largo corredor de entrada…

Por el largo corredor de entrada, el que conecta la puerta de la muralla con el acceso a la prisión, vienen caminando dos figuritas vestidas de rojo. Son niños con sus suéteres relucientes, caminan muy formales abriendo paso cual monaguillos de alguna religión del Estado, a la multitud de mujeres que vienen a juzgados. Todo en ellos resalta por su irrealidad respecto de este espacio, su estatura, su ropa, su caminar garboso y decidido, su posición aventajada al resto. Son los heraldos de las mujeres que también caminan con singular paso a sabiendas que entran a un territorio que no les es extraño pero tampoco les pertenece. La procesión se preside y se cierra por los guardias vestidos con sus pulcros uniformes color negro. Todas entrecruzan palabras pues la presencia de los niños siempre obliga a la consigna de la buena disposición y convivencia. Incluso desanima la presencia hostigadora de los presos en las ventanas.

Son ángeles que, independientemente de Dios, son revestidos de su divina aura por todos aquellos que los ven transformando en sagrada la llegada de las visitantes. No son tan pequeños. Tienen entre tres y cuatro años.

En algún tiempo serán separados de sus madres. Expulsados como en un segundo nacimiento al violento mundo exterior. Pasaran de este Edén que es infierno, donde son sagrados, al interminable mundo cruel y huraño del que vienen sus madres. Roguemos en silencio compañeros que encuentren su dicha allá afuera y no tengan que jamás regresar. 

-¡No jefe, por favor!

-¡No jefe, por favor!¡Me van a matar!¡Me van a matar!

El grito resuena por todos los pasillos. El eco hace que la desgarradora voz suene aún más desesperada. A cada grito impregna las paredes de pánico con tal intensidad que ahoga  las lágrimas que el lugar pudiera derramar en su nombre.

Su suplica se entrecorta entre los esfuerzos que hace por sustraerse al destino al que está seguro que se enfrenta. El coro de su desdación lo conforman los manoteos y forcejeos que libra en el suelo, en las rejas, en todo aquello que a su paso le parece un asidero a la vida. La noche le contesta con el silencio, sólo las lámparas y aquel involuntario verdugo son testigos de su agonía. Pero él no ceja en su esfuerzo, grita con más fuerza, se le escucha aventarse a las paredes para ser inmediatamente arrastrado escaleras abajo. Su mano agarra con tal fuerza el pasamano que este rechina ante el sudor por donde se le escapa su existencia. Sus pataletas hacen derrumbar el edificio pero su esfuerzo se va apagando en la  lejanía. La distancia lo traga como un abismo mientras su clamor se va transformando en un rumor que no es adversario para la quietud que recupera su reinado. Aquel desdichado pasa tan sólo como un mero accidente sin dejar huella en la imperturbable firmeza de la prisión. Las sombras de las rejas nada saben de lo acontecido e hipnotizados por su sutil encanto, los reos vuelven a su sueño.

Se mueve con feminidad exagerada.

Se mueve con feminidad exagerada. Presume sus senos rígidos y sus nalgas frondosamente operadas. Su rostro es la caricatura satírica de la belleza contemporánea: sus pómulos son prominentes hasta deformar el rostro y su mentón amplio esta forzadamente afilado. Sus ojos y sus mejillas están estirados. Camina con los hombros echados hacia atrás,  presumiendo su conquistada feminidad. Sus exageradas características buscan disimular su natural pesadez masculina y su complexión robusta.

Mide cerca de 1.90 y pesa no menos de 100. Incluso con sus amaneramientos no puede ocultar su fuerza que despliega al pegar, empujar o forzar a otros. Sexualiza su entorno a cada palabra, busca imponer el género construido y quizá hasta refirmarlo. No hace caso a alas hienas que buscan burlarse de lo que califican como una quimera; por el contrario las llamas, las enardece, las alienta y se ríe con y de ellas. El mundo es suyo pues si no lo toma, éste se abalanzara sobre ella hasta dejar tan sólo los despojos.

Aquél primer día.

Aquél primer día. Nos trasladaron en una camioneta esposados por parejas, custodiados por seis elementos. El vehículo se detuvo ante la puerta principal y descendimos, franqueamos el umbral inmutable en su forma, desde los tiempos de los castillos. Grande como una bodega, espacioso, lleno de dispositivos y mecanismos así como de guardias. Así de solemne era la entrada. Nos ordenaron quitarnos la ropa. Ahí se fue mi chamarra negra, mi pantalón azul, mi camiseta negra, mis calcetines; a cambio me dieron el monstruo, el chirimiqui, un conjunto de pantalón y camisa mal cosidos color café, con dos bolsas en el pantalón y una bolsa en el pecho la camisa. A continuación nos hicieron pasar al pasillo. Del mismo tamaño que la descomunal puerta un pasillo del ancho de una calle con inmensas paredes a los lados y dos escuetas banquetas cono único adorno. Hasta arriba de los muros alambre de púas. La solemnidad de la entrada era impresionante, además el irónico destino daba mayor fastuosidad al momento cuando por encima de nosotros no había ni una nube que cubriera el sol de aquel día de octubre. Sus rayos hirientes creaban fuertes contrastes al combinarse con las sombras.

Las murallas parecían aún más altas y soberbias, y el rostro de los guardias se perdía entre el uniforme negro. Pronto nos ordenaron formarnos y avanzamos, tomado el hombro de nuestro compañero de adelante, hasta traspasar una pequeña puerta al final de una de las banquetas.

El paisaje cambio entonces. Edificios evidentemente con oficinas resguardadas detrás de mallas ciclónicas salpicados en sus alrededores de truenos y flores.

Nosotros caminamos al pre de la muralla contemplando aquel nuevo mundo sin terminar de comprenderlo. Nos separamos del muro para dirigirnos a una construcción más bien pequeña junto a la cual había un taller de mecánicos. Se titulaba “Acceso” con letras en relieve sin pintura. En mi mente una voz que no pude reconocer como mía me susurro: “Bienvenido al Reno”