Iusnaturalismo de rancho

Me maravilla ver esas secuencias donde se observan a las grandes manadas de antílopes ñus cruzar los ríos durante sus migraciones. Desde el momento en que los primeros en cruzar se amontonan junto a la orilla indecisos y temerosos deseando postergar lo inevitable. Luego de un rato al fin la presión desborda a los adelantados y el agua se revuelve ante el chapoteo de cientos de animales que empiezan a cruzar. Entonces de entre las aguas se empiezan a  divisar los cocodrilos que acechan provocando el repentino pánico en las bestias ya temerosas. El repentino pánico hace que decenas de ellas mueran incapaces de mantener la cabeza arriba del río o pisoteadas irremediablemente por sus congéneres. Entre tanto se empieza a ver como desaparecen varias arrastradas lejos de aquellas filas que incesantes laceran el río cuando son atrapadas por las fauces de los reptiles. Las caras de los bóvidos tan escasas en gestos reflejan, sin embargo, dureza, concentración, muchas de ellas nerviosismo y no pocas un fiero pánico. Este espectáculo se extiende por horas y cientos de metros en un escenario lleno de polvo y de sangre en el cual la corriente se aprecia tumultuosa en algunos lugares mientras que en otros es incapaz de vencer el dique que forman los miles de animales. Conforme termina de pasar el grueso de la manada el agua recupera su fuerza y muchos de los últimos son arrastrados irremediablemente por la corriente. Al final del drama las orillas se llenan de los cuerpos muertos que se oscurecen ante la sombra de los buitres mientras algunos antílopes permanecen en la orilla esperando que aparezcan sus crías. Mientras tanto la mayoría se encuentra ya pastando del otro lado cansada, contenta, resignada, recuperando fuerzas para otro día. La tarde cae, mañana sólo quedarán los huesos, conforme pasen los días todo volverá al polvo y al silencio.

Así me imagino la especie humana.

Tomado de Middlebury.edu

A pesar del pesimista escenario hay que reconocer que se pueden realizar paralelismos como estos con muchísimas especies. El hombre puede establecer una variedad de conductas y actitudes en su actuar en el mundo que ninguna otra especie pareciera poder replicar. Hoy sabemos y descubrimos día con día la variedad y variabilidad de la conducta y naturaleza de todos los seres vivos. Descubrimos que se pueden dar casos de adopción entre animales de distintas especies, que existen relaciones simbióticas entre distintos seres, también hemos descubierto que la sexualidad tiene diferentes formas entre los animales, en pocas palabras hemos descubierto que existen muchísimas posibilidades en las variedades de seres vivos que muchos creían restringidas al hombre. Todo ello favorecido porque hemos descubierto con la ciencia muchas de las causas y efectos de los fenómenos que ocurren en y entre los seres vivos, fenómenos que durante siglos se han tomado para hablar metafóricamente de lo que somos como humanos.

Esto naturalmente ayuda a socavar el antropocentrismo. Nuestra racionalidad, nuestras emociones, nuestras conductas, nuestras normas no son algo único en la medida en que se revelan como el desarrollo de ciertas conductas o fenómenos ya presentes en cierta medida entre los animales. Al mismo tiempo se revelan como una configuración única y especial a la cual no han accedido otras especies, particularmente especial en la medida en que son el producto de un intrincado mecanismo simbólico donde el instinto casi ha desaparecido. Somos asombrosamente parecidos al resto de la vida, formamos parte de ella, inclusive con el resto de los reinos orgánicos pero, al mismo tiempo, el desarrollo que nos ha llevado hasta lo que hoy somos ha cruzado abismos insondables que parecieran separaciones que nos hacen únicos.

El hombre apareció hace 2.5 millones de años. El homo sapiens hace 200 mil años. El desarrollo cultural o al menos el comportamiento similar a como nos conocemos hace 100 mil años. Las últimas especies de hombres aparte de nosotros desaparecieron hace 12 mil años y finalmente la agricultura se desarrolló hace 8000 o 5000 años dependiendo la región que consideremos, lo que llevó al sedentarismo del homo sapiens. Durante 190 mil años compartió el homo sapiens el planeta con otras especies de hombres. Guerreó y quizá convivió con hombres completamente diferentes. Sin embargo hace tan sólo cien años se dudaba (y quizás muchos aún lo hacen) acerca de si las distintas morfologías y pigmentaciones cutáneas no nos hacían especies diferentes. ¿Qué pensaría el hombre prehistórico que de verdad podía encontrarse entre diferentes humanos? ¿Cuánto miedo siente el hombre de hoy que siendo una sola especie no puede reconocerse con otro fácilmente? Y sin embargo no es difícil sentirse igual y diferente al resto de los seres vivos particularmente aquellos con conductas y características muy específicas o especializadas.

Tomado de birdsasart.com

Pero volvamos a los ñus, aceptemos por un momento la comparación no como signo de una naturaleza social similar sino tan sólo de una conducta social semejante. Lo increíble es el miedo que siente la masa, el miedo que sienten decenas de miles de animales al mismo tiempo, miedo que se potencia por la misma masa, la masa que es su única oportunidad de supervivencia. Si observamos no todos los animales toman las mismas decisiones pero al final todos tendrán que seguir a la manada o morir, aunque seguir a la manada también signifique la posibilidad de morir. Así es el hombre. Somos seres sociales, no podemos vivir sin la manada. Nuestra evolución hace de nosotros primates que sólo pueden desarrollarse de manera óptima de un entorno social mientras que ese mismo desarrollo nos ha hecho perder los instintos por lo que somos aún más dependientes de la educación que nos brinda la matriz social. No podemos dejar de seguir a la manada. Podemos enojarnos con ella, podemos separarnos momentáneamente en la medida en que aprendemos a ser más autónomos, podemos incluso volvernos eremitas o vagabundos pero nacimos en una manada y pertenecemos a ella. Nuestra supervivencia depende de la supervivencia de la manada.

Hay una teoría, que al parecer no muchos toman muy en serio pero que es en cierta medida relevante, según la cual nuestros comportamientos sociales pueden haber sido aprendidos de otra especie en especial del perro. Al parecer (y nos soy muy ducho en esta materia) nuestros comportamientos sociales no son precisamente los de los primates sino que se asemejan más a los de los canes en lo que a estructura se refiere. Claro que también durante mucho tiempo se pensó que las conductas humanas eran únicas, mientras que hoy sabemos que muchas de ellas se desarrollan en chimpancés y en bonobos. ¿Podemos haber aprendido conductas de otras especies? Lo intrigante resulta de que estas analogías no son en balde, podemos encontrar paralelismos entre nuestras acciones y las de otras especies. No significa que devengan unas de otras pero es curiosa la existencia de desarrollos similares sobre todo por la variedad en que ocurren en nuestra especie. Por ejemplo: mientras que los ñus viven como una gran manada que se divide en grupos de hembras con crías y aparte machos los lobos se organizan en jaurías familiares con una serie de machos y hembras que se articulan de acuerdo a jerarquías; en cambio los bonobos viven en grupos matriarcales con numerosos machos y usan las relaciones sexuales para la resolución de conflictos sociales. Aunque en ciertos entornos nuestras conductas se parezcan a las de los lobos nuestras interacciones sociales no se pueden reducir a ese tipo de conductas, también ha habido en la historia sociedades matriarcales y grupos que se separan por géneros. Pareciéramos poder replicar, en esa “libertad” dada por la pérdida de instintos, comportamientos o estructuras de muchísimas especies diferentes. Siempre al pensar sobre esto me viene a la cabeza una cita de Marlon Brando: “Curioso como un simio, combativo como un oso, feroz como un tigre, terco como una mula. En resumen, el animal al que más me parezco sigue siendo el hombre”.

Tomado de http://topflightnaturephotography.blogspot.com

Aun así comparar nuestra conducta (exclusivamente como una metáfora plausible y ese es, hasta cierto punto, el logro del iusnaturalismo) con la de los ñus me parece útil y maravilloso de la siguiente manera. En nuestras múltiples necesidades, especialmente las de identidad y supervivencia, muchas veces hablamos de los demás como una masa de seres irracionales, idiotas, ignorantes. Desde nuestra trinchera justificadora de nuestras propias acciones y creencias juzgamos a los demás como ciegas bestias incapaces de darse cuenta de la naturaleza de las cosas. ¿Acaso no somos todos muy semejantes, prácticamente iguales? ¿No somos todos parte de la misma masa asustada por los oscuros designios del futuro? ¿No corremos y empujamos con nuestras palabras, con nuestros símbolos, con nuestro hacer a quienes nos rodean para cruzar cada uno de los peligrosos ríos que nos encontramos en la vida? Asustados empujamos y criticamos forzando a los otros un poco a ir en la dirección que nosotros queremos aunque al final el empuje de otros nos lleve en una dirección completamente distinta. Las emociones, las ideas y los sentimientos explicitados en nuestra interacción social se despliegan entonces como un caos frenético que, sin embargo, da esa conflictiva cohesión a toda esta manada que avanza a través del cauce de la historia.

Juzgamos, ordenamos, afirmamos, mentimos, hacemos como si poseyéramos la verdad más absoluta. Y cuando nuestros deseos no se cumplen, cuando nuestras expectativas fracasan, reaccionamos violentamente acusando a quienes piensan diferente que nosotros. ¿Acaso podría ser diferente? ¿Acaso no tenemos toda esta psique para tratar de acercarnos un poco a ese mundo incognoscible del todo y lograr cumplir nuestros deseos y necesidades en él? ¿No es eso lo que mal llamamos “tener la razón”? ¿No es esta “razón” lo que nos hace caminar en y con la manada? Sin embargo quizá deberíamos pensarnos más a menudo como esos antílopes asustados cruzando el río. Comprender que cada uno de nosotros corre desbocado y lleno de miedo compitiendo con los otros por ganar la orilla al mismo tiempo que correr juntos es ayudarse. Pensar que ese caótico espectáculo tiene cierto orden y que no necesariamente es el que nosotros queremos pensar que tiene. Quizá eso daría más orden, quizá no, quizá al menos moriríamos menos dolorosamente.

Los antílopes seguirán cruzando África con todos sus riesgos hasta que perezca el último de ellos o dejen de ser antílopes. Los humanos tenemos el mismo destino. Yo creo que la mayoría somos esta manada desbocada; que no importa cuánto nos vanagloriemos somos las mismas bestias asustadas buscando ganar la orilla; que no importa cuánto queramos creernos diferentes del resto somos las mismas bestias, unas acertarán más que otras, unas volverán a ver otro día a diferencia de otras pero, para el que observa en la distancia, todos los mugidos se oyen exactamente igual.

Atte. Ilya

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