Respuesta desde Un Mundo (in)Feliz

Aldous Huxley

Hace poco leí los libros de Aldous Huxley, Un Mundo Feliz y Nueva visita a Un Mundo Feliz. La vigencia de ambos textos es desconcertante. El primero es una obra de ciencia ficción que plantea una distopía, el segundo una serie de ensayos en que el autor revisa en qué medida su propia novela cobra realidad y a partir de lo cual realiza una crítica a la sociedad de su tiempo. A brave new world fue publicada en 1932, en medio de un mundo convulso por las revoluciones políticas y científicas. Un cuarto de siglo después, en 1958, publica la serie de ensayos conocidos como Nueva visita… en un mundo que se divide en dos: comunismo o capitalismo, ambos compuestos por gigantescos aparatos estatales que amenazan la libertad del individuo. No es mi intención exponer estos libros, verdaderamente cortos pero deliciosos. Huxley murió hace 49 años, Nueva visita cumple 54 y Un Mundo Feliz tiene 80 años de haber sido escrita; es mi intención en cambio revisar desde este “país en desarrollo” la vigencia del pensamiento del autor plasmada en ambas obras.

A primera vista Huxley no parece pensar en nuestra periferia. Al menos en los ensayos ve al mundo como la lucha de los dos grandes sistemas o entes políticos del momento: la URSS y Estados Unidos. Para él todos los demás países se pliegan a la lógica de estos centros de poder. Pero el mundo no es tan sencillo, en los años de la guerra fría nacerán los Países No Alineados; aquellos que ante el avasallador poder de las esferas soviéticas y de la pax americana pedirán un reconocimiento propio. Esto no quita la vigencia de Huxley. La sistematización del poder político, la institucionalización de las relaciones sociales y la primacía del derecho y la fuerza sobre la libertad es algo que todas las sociedades, todas las naciones terminarán comprando como la supuesta “mejor perspectiva” para alcanzar la tan ansiada paz y estabilidad. Sin embargo Huxley fue un pensador complejo que analizó al mundo de maneras mucho más íntegras y extensas de lo que estas obras sugieren.

El problema central sobre el que gira su obra más conocida es la libertad y las formas en que un Estado futuro ejerce el control de sus ciudadanos para que pueda alcanzarse la estabilidad social. Si nos ubicamos antes de la Segunda Guerra Mundial el tema no es para menos, el mundo se convulsiona minuto a minuto. En el mundo que amanece a la posguerra el tema se vuelve más importante pues empiezan a desarrollarse las políticas para lograr ese control efectivo. No es un tema sencillo y Huxley lo trata muy bien al colocar a la humanidad en un dilema: renunciar a la libertad o entregarse al caos. Es una visión un tanto negativa de la libertad y del hombre donde éste es incapaz de manejar su libertad sin que eventualmente conlleve la destrucción o la agresión entre los miembros de la sociedad. Ante esto el Estado, como garante de la seguridad física del individuo, crea todas las elementos para condicionar, dirigir y/o suprimir la libertad del individuo en aras de que la sociedad se vuelva un conjunto estable. Este mundo para un amante de la libertad constituye una pesadilla. Implica la castración de la elemental condición de ser humano: su libre albedrío y con ello la imposibilidad de alcanzar la plenitud que el individuo merece y sin la cual no puede ser feliz.

Treinta años después de la novela el mundo se dirige, después de una guerra encarnizada y ante la amenaza del fin del mundo, a un control efectivo de las conductas humanas a través de mecanismos ideológicos, del mercado y con mayores formas de coacción por parte del Estado. Huxley ve el gran peligro de esa nueva era en el incremento exponencial de los seres humanos. Ese crecimiento que en la ficción había sido controlado en la realidad no cesa y amenaza con convertirse en la causa de que el sistema social se convierta en el regulador de los comportamientos y actitudes del ser humano. El autor como casi todos los analistas se quedaron cortos en sus expectativas, la población a finales del siglo XX terminó en cerca de 6500 millones de personas. Pero esa es tan sólo la condición inicial del problema central que radica en aquello en lo que nos podemos convertir al acotar la libertad.

Cincienta años después de los ensayos el mundo se dirige y se revuelve convulso ante el fin del socialismo real y la crisis interminable del capitalismo; ante el lento pero marcado declive de la hegemonía hasta ahora detentada por los países europeos y por Estados Unidos; se revuelve ante el establecimiento del caos controlado donde la revuelta social tiene alcances calculados por el Estado pero, al mismo tiempo, jamás se logra la estabilidad social. El miedo de Huxley era que surgiera la dictadura perfecta del Estado (curioso mote que a México y su partido dominante -ahora de regreso- diera Mario Vargas Llosa) donde todos aceptáramos la opresión sin rechistar. En cambio tenemos un mundo convulso pero que, sin embargo, es incapaz de quitarse las cadenas tan grandes y pesadas que ha construído.

Uno de los temas inovadores en la ciencia ficción de Huxley es que la genética logre crear castas sociales donde se asegure la existencia de ciudadanos conformistas y enajenados. La realidad hoy es que la genética no ha ayudado mucho a ello pero la hiperespecialización del conocimiento así como el volumen del mismo crea castas sociales al asumirse el individuo como incapaz de establecer un diálogo con otras personas. Nuestro mundo es tan extenso que es más cómodo y práctico encerrarse en el pequeño entorno de la cotidianeidad y lo imprescindible que explorar la complicada y difícil alteridad. Es precisamente el discurso de alteridad lo que ha surgido como respuesta a esa condición mutiladora e impositiva y que Huxley ya no alcanzó a conocer. Esas castas ideológicas o identitarias surgen en combinación con los estratos económicos, los esquemas culturales y otras formas de división social profundamente alentadas por el mercado y sus armas ideológicas sobre las cuales sí previó acertadamente este pensador.

El autor vislumbra el nuevo riesgo pero no profundiza demasiado en ello. Quizá debido a que en los cincuentas apenas se están planteando y experimentando el consumismo ilimitado, no será sino hasta los setentas que los sectores recientemente emancipados políticamente (jóvenes, mujeres, minorías) se incorporen al eje del mecanismo de consumo masivamente con sus propias necesidades y gustos al mercado. Es entonces cuando se estimulará el tener una identidad “propia” que enmascarará la masificación que promueve ese voraz mercado. En cambio en el tiempo de la Nueva visita los grandes enemigos son: por un lado la propaganda recientemente elevada a tecnología digna de atención y desarrollo por el Estado, particularmente con la experiencia en la Alemania nazi; por el otro lo que el autor llama el Analista de motivaciones y que sin duda son los orígenes del marketing actual. Huxley temía que la identidad se disipara en la masificación cosa que parece imposible por mucho que un individuo se enajene. En cambio en la contradicción entre la dictadura que pretende el Estado y la libertad e identidad que necesita el individuo se encontró un punto medio: convertir la identidad propia en un objeto comercial, inventaron o al menos desarrollaron el tráfico de la libertad propia, sustituyeron la paz espiritual (que quizá prácticamente casi nadie en la historia de la humanidad ha tenido) por generar una adicción a nuestra necesidad de reconocimiento social.

Dice el refrán que el camino al infierno está hecho de buenas intenciones. Hemos creado un gigantesco sistema normativo a nivel mundial con instituciones que le respaldan para, supuestamente, escapar de nuestra propia propensión a destrozarnos. Huxley ve en ello una tendencia al “exceso de organización”, dicho de otra manera una intención de ver a la sociedad como prioridad antes que al individuo y con ello anhelar la instauración de un sistema social perfecto que funcione de manera orgánica. A semejante intento el inglés se opone tajantemente: “Por mucho que lo intenten, los hombres no pueden crear un organismo social; lo único que pueden crear es una organización. En el intento de crear un organismo, crearán únicamente un despotismo totalitario”. Esta postura contradice una crítica común al capitalismo y particularmente al capitalismo neoliberal contemporáneo, esa crítica sostiene que en nuestros tiempos se privilegia al individuo por encima de la sociedad en un desplante de egoísmo que conduce a la pérdida de valores de comunidad y al tejido social. ¿Quién tiene razón?

La norma legal o moral, ideológica o positiva, constituyen un marco de conducta cuya postura ética sólo asume aquél que participa del acuerdo en la instauración de semejante norma. Pero en la historia la participación de la sociedad en la instauración de una norma no ha sido equitativa en términos de poder y posiblemente nunca lo será. Suponiendo que el legislador sea el hombre libre necesario para la discusión sobre lo mejor para el conjunto social, es él el único que puede ver reflejada en la norma el producto de su contradicción como individuo con una postura ética y como sujeto parte de una sociedad intentando alcanzar el consenso necesario para instaurar una ley. Pero la gran mayoría no participamos del proceso de positivación de leyes y creación de instituciones con esa fuerza, a veces pareciera nula nuestra participación en la conformación de la estructura social ¡aún siendo parte de esa misma sociedad. La gran mayoría nacemos dentro de la sociedad y nos es entregada la carga del marco legal y moral en que creceremos y viviremos. A pesar de que siempre queda un reducto de libertad y responsabilidad en el individuo éste suele reducirse a la aceptación  y actuación conforme a la ley y no en la elaboración y discusión de la misma, por ignorancia u omisión. Siempre ha habido normas y siempre habrá quien se niegue a ellas pero cada vez creamos normas menos autoritarias pero más universales, sistemas legales mucho menos dogmáticos pero mucho más capaces de controlar al individuo, con instituciones que hacen más difícil al individuo y a la sociedad transformarlas e incluso trascenderlas. ¿Hemos priorizado la sociedad por encima del individuo?

El problema con esa argumentación es que ciertas palabras no tienen referente concreto para realizar el análisis adecuado y están sujetas a una definición subjetiva o cuando menos de caso. ¿Qué es sociedad? ¿De cuál sociedad estamos hablando? Huxley expone en términos muy extremos la acción de la masa o de la sociedad o sistema contra la acción y libertad del individuo. Pero las cosas no son tan esquemáticas. Hay un sin fin de puntos medios que son diferentes niveles de lo grupal entre el individuo y la especie humana entera. Cada grupo o nivel de organización tiene un nivel de autonomía, una serie de objetivos, características que los identifican y un nivel de tolerancia hacia congregarse o disgregarse. El nivel de grupo en donde manejamos la conformación de una nación y una institución como el Estado que la amalgame constituye actualmente (y desde los tiempos en que se escribió Un Mundo Feliz) el esquema regente o hegemónico sobre el que se articulan los demás grupos y demás acciones individuales o colectivas. Esa base es la que ha sido asegurada contra los demás ejercicios sociales vía la ley y la institución. Posteriormente quedan un sin fin de actividades, conductas, posturas que pueden variar en mayor o menor grado. Es ahí donde hay espacio para las acciones grupales o individuales que atentan contra otras acciones grupales, en palabras más sencillas: es ahí donde se aloja el lugar para el egoísmo tan criticado pero también para las reformas del sistema. El mercado fomenta las aspiraciones individuales pero siempre trata de respetar la ley y el Estado que son su marco de posibilidad. Ese egoísmo es el que propicia la dictadura personal o institucional de quienes amparados por una concepción social atentan contra otras concepciones sociales; de quienes considerando que la forma perfecta de la sociedad la constituye el Estado atentan contra la moral, contra las costumbres, contra otros Estados.

El sistema actual prioriza la permanencia de la unidad sociopolítica conocida como nación con que da pauta a ciertos comportamientos cuyo sujeto es el individuo y que son su base de posibilidad, tales comportamientos son los que se restringen al individuo a sus dimensiones ciudadana y de consumidor.  Huxley no vio los ochentas, el consumo tecnológico en tiempos de la era informática, pero la previó en la forma en que ya se estimulaba a mediados del siglo XX. Tampoco le tocó observar la increíble cantidad de leyes y normas emanadas de las emancipaciones de los sesentas, las normas emanadas de la transformación de los procesos financieros aunque en los cincuentas ya estaba conformado el sistema legal y normativo actual. Huxley previó la primacía de la sociedad y tiene razón porque para él la primacía del individuo no descansa en el libertinaje ni la enajenación que da el sistema político, el mercado, el trabajo o cualquier otra cosa. Para él la primacía del individuo radica en su libertad como un ejercicio espiritual, ético, que le permite siempre emanciparse de cualquier opresión, que aspira a vivir con plenitud y felicidad o alguno de esos valores que suelen sonar a vacío idealismo a la persona contemporánea. Ese individualismo egoísta promocionado por los corporativos no es el mismo individualismo liberal y anarquista a un tiempo que defiende el autor.

Las revoluciones tecnológicas de los últimos cincuenta años han ayudado a una mejor comunicación entre los miembros de la sociedad. Aún cuando deseamos cerrarnos a los otros y vivir en nuestro pequeño mundo una buena parte de la sociedad tenemos la posibilidad y necesidad de expresarnos hacia el mundo y nos vemos obligados a escuchar o leer a los otros. En esta convivencia cada vez más forzada se necesita un nuevo marco moral compatible que cubra las partes de comportamiento que no pueden ser previstas por la norma o por la ley. Si bien la norma siempre tiene un precedente o fundamento moral muchas normas morales ahora son creadas para existir subyugadas al marco legal particularmente en las urbes.  Cuando Huxley habla de la Ética Social describe una serie de comportamientos que van constituyéndose en ideología principalmente de los sectores dominantes. Pero no describe cuales son los sectores dominantes, por un lado habla de como el poder se acumula en la clase empresarial y política (cosa que sin duda se ha cumplido) pero también habla de comportamientos propios de sectores que pueden clasificarse por ingresos, por consumo y ejericio cultural, habilidades técnicas, etc.

De acuerdo con Huxley la Ética Social es aceptada por conveniencia, para poder estar, manifestarse y convivir con el grupo social. Privilegia la participación social, la dimensión social del individuo, en lugar de la participación comunitaria y la acción individual. En lugar de inventar un juego a partir de la iniciativa de una persona o el consenso de dos o más personas, establecemos qué juego queremos jugar con reglas ya dadas donde no haya que poner nuestra iniciativa y proactividad sino sólo sentarse a jugar. Dice Huxley que estamos priorizando la sociedad. Ahí discreparía ya que no concibo la sociedad como una categoría antagónica a la del individuo sino dialéctica y por ende complementaria, no podemos apoyar la sociedad para convertirla en un simulacro de convivencia aunque estoy de acuerdo que no tiene el dinamismo de un sistema orgánico y pretender algo así en estos momentos es un error. La sociedad nacional debería incorporar la emocionalidad, empatía, confianza, etc., que permiten otras formas de organización comunitaria donde en otra medida se permite la participación del individuo estimulando sus capacidades. La verdadera sociedad permitiría y estimularía el desarrollo individual y visceversa. Hoy nuestro peligro se llama lo “políticamente correcto” que es nuestro mediocre parche para ocultar que no hemos podido aprender a comunicarnos ante la nueva situación que hemos creado, que no somos capaces de alcanzar consensos integrales para el grupo y el individuo.

No creo que se haya instaurado una Ética Social. Con un dinamismo sólo puesto a disposición de sus fines, el Estado crea múltiples Éticas Sociales que van conformando los estamentos múltiples y dinámicos de los que hablaba más arriba. Operan como mecanismos ideológicos que siguen dividiendo a la sociedad en lugar de conformarla como un gran grupo social en un mundo globalizado. Promueven la unión como una norma y no como el producto de la convivencia. No es que sea fácil pensar la alternativa. Todo grupo tiene disensos y esos disensos emanan tanto de razones como de miedos. El fin de estos esquemas ideológicos es impedir que se derribe el esquema hegemónico y las personas que lo detentan, organizar división entre las partes de la sociedad pero al mismo tiempo tratar de impedir que tal división genere un conflicto. Nos están convenciendo de vivir en una neurosis permanente, en el miedo, en el odio, en razones y sensaciones que jamás pueden ni deben desbocarse. Puede vagamente justificarse semejante estado de cosas pero no hay manera de que sea una sociedad donde podríamos realmente querer vivir.

En esos excelentes ensayos su autor anota como, extrañamente, el mundo iba cobrando elementos tanto de su propia novela como de la gran otra distopía aparentemente contraria: 1984 de George Orwell. Con cierto aire de optimismo Huxley cree que eventualmente el estado totalitario permanentemente opresor y coaccionante va a fracasar y el Mundo Feliz terminará por instaurarse. La verdad es que no parece suceder ello, ambas novelas son muy precisas al narrar el mundo futuro y es que ambas posibilidades caben en una misma realidad. El Estado jamás puede enajenar al individuo lo suficiente como para hacer que renuncie por sí mismo a sus necesidades, a sus contradicciones, a sus inquietudes y a su libertad; pero siempre le queda el recurso de la coerción directa tal y como es usada contra muchas personas que son usadas a placer por el resto del sistema (de la sociedad misma) pero cuyas necesidades nunca nos comprometemos a oír y satisfacer. El sistema es cada vez más grande y cada vez más fuerte, pero eso no significa que sea realmente capaz de sujetar la naturaleza humana que le ha creado. Eso no significa que el humano sea capaz de sujetarse a sí mismo tan fuerte pues ¿quién atará las cadenas si no es él mismo?

En un artículo de Pablo Gonzáles Casanova, por cierto bastante desordenado (aunque no tanto como éste), boceta burdamente el problema de las contradicciones entre el control que se busca tener de la sociedad para seguir con cierta parte del statu quo actual y el desorden, la entropía, cada vez mayor que amenaza a nuestros sistemas sociales como respuesta a ese intento desesperado de obtener una sociedad cerrada, pacífica, establecida e inmóvil. Cioran, si no mal recuerdo en Silogismos de la amargura, dice que el vano intento de orden de Europa y la modernidad será roto de nuevo, como en la antigüedad, por los bárbaros. Los bárbaros somos los otros, los que no podemos ni nos ajustamos a los esquemas de orden en mayor o menor medida pero que, por lo general, no somos parte de los grupos y sistemas hegemónicos o al menos no de quienes están en la punta de los mismos. ¿Cuánto más durará este orden de cosas que oprime con tanta vehemencia? ¿Despertaremos a un mundo mejor, a un mundo peor o sólo a una pesadilla diferente? Pareciera reivindicarse aquella concepción de que la historia humana es una búsqueda y lucha por la libertad pero acotada ahora por la imposibilidad de alcanzarla. Pareciera tener incluso más sentido esa otra que concibe que la libertad se vive en la lucha y no en lo que de ésta se obtiene. Como si Sísifo fuera el único realmente libre lo que normalmente sería considerado absurdo.

México es un país raro. Somos lo suficientemente poderosos como para implementar muchas medidas de esta desesperante modernidad y vivir con esta enajenación o neurosis permanentemente. Pero también somos un país con enorme desigualdad con lugares que bien parecen reinos feudales. Estancados sin entrar en la modernidad y sin salir de la colonia quisiéramos pensar que somos una realidad aparte en nuestros baratos chauvinismos. Pero quizá todos los que están por debajo de otros tienen sus propios universos, sociedades, visiones necesarias para sobrevivir este día a día como respuesta a todos aquellos que viven oprimiendo. Quizá por eso la diversidad suele estar más entre esa mayoría del mundo que sufre de una u otra forma y crea constantemente, aquí, y no en los países hegemónicos con sus esquemas normativos tan deseosos de generar esa masificación social que permita hacer de muchos actores sociales uno solo, más manejable y menos problemático.

En México no termina de instaurarse la dictadura del Mundo Feliz mientras que en el resto del mundo parece convulsa. No sabemos qué pasará luego en ese mundo revuelto pero mientras nosotros vivimos una serie de matanzas que no se ajustan ni a un mundo surreal Kafkiano como decía el dicho antes, ni a la opresión violenta del mundo Orwelliano y mucho menos a la persuación absoluta del mundo de Huxley, mientras eso sucede viviremos como un país heterogéneo donde se contraponen y entrecruzan ideologías y masas polarizadas mientras el poder se vuelve cada vez más efímero. Quizá la historia ha sido la sucesión de estructuras (como explicaba con la entrada sobre Rolando García), sistemas sociales que se desestructuran y se restructuran, con guerras, religiones, valores y propagandas; con vivos y con muertos. El mundo definitivamente no puede ser como aquel Mundo Feliz pero puede parecérsele mucho. ¿Cuán enlodado debe de estar uno para decir que se ha manchado? ¿Y a dónde irá a parar este país? ¿Seremos parte de la civilizada alienación o del caótico mundo salvaje?

Atte. Ilyadad

http://fil.mty.itesm.mx/sites/fil.mty.itesm.mx/files/ebooks/un_mundo_feliz-Aldus_Huxley.pdf

http://www.bsolot.info/wp-content/uploads/2011/02/Huxley_Aldous-Nueva_visita_a_un_mundo_feliz.pdf

http://www.jornada.unam.mx/2011/11/14/opinion/043a1soc

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2 Respuestas a “Respuesta desde Un Mundo (in)Feliz

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