Pan nuestro: narco y corrupción

Hace cinco años este espacio fue abierto para ordenar mi pensamiento y exponerlo, con la dosis de vanidad de todo aquel que se sienta a escribir con la intención de ser leído por otro. Al mismo tiempo tenía otra intención: la de inmiscuirme desde una pobre trinchera en el debate político que se daba alrededor de las elecciones de 2006. De alguna manera escribir esta entrada y las que le seguirán es volver al punto de partida, volver a replantear los propios pensamientos, en la necesidad de actuar aunque sea mediante la palabra de cara al nuevo proceso electoral y la situación que el país enfrenta. Pero no quiero hacer una simple propaganda de una determinada posición como votante o, peor, a favor de un partido o candidato. De alguna manera quiero expresar una opinión condensada pero razonada de lo que acontece actualmente, a través de este post y los que escribiré próximamente.

Veracruz

 

El problema más urgente para el país es sin duda el de la violencia armada desatada por las organizaciones delictivas y el gobierno mexicano. El problema va más allá de la tolerancia que se le ha tenido a las organizaciones delictivas desde hace más de cuarenta años por lo que es inútil pensar que establecer una guerra con estas organizaciones va a resolver por completo el problema. El narcotráfico, como otras formas delictivas, es una actividad económica que, desarrollada al margen de las aceptadas moral y/o legalmente, otorga a grupos de personas la posibilidad de obtener ingresos que la lógica del sistema públicamente aceptado no permite. Como tal da una vía para obtener mayores ingresos que otras actividades y eventualmente se coloca como una actividad paralela pero en interrelación con las demás actividades económicas.

La existencia de formas de vida criminales, como organizaciones o formas aisladas, no es nueva. Tampoco lo es que los sectores gobernantes se relacionen con estas actividades, por el contrario, las actividades criminales logran estructurarse gracias a que los mismos sectores de poder ven en ellas vías de acrecentar su propio poder político o económico. Las contradicciones naturales de cualquier sistema social generan las condiciones para que las personas piensen y se involucren en una operación delictiva ya sea por necesidad o por ambición. A pesar de ello la condena pública desde todos los sectores es común.

Tal es la lógica de tales actividades. Si es una actividad completamente ilegal o inmoral normalmente funciona tanto como una actividad que reditúa de forma directa, como un medio para muchos otros fines donde el crimen se muestra como un instrumento propicio. Sin meterme en problemas demasiado finos para las pretensiones de este texto puedo considerar al robo, el asesinato y otras formas de agresión que la mayoría de las sociedades, si no es que todas, han condenado a lo largo de la historia.

Por otro lado se ubican actividades que no constituyen una agresión directa y que por ello han gozado de un estatus irregular históricamente, actividades pasivas por parte del criminal donde la participación de distintos elementos de la sociedad de manera más activa es necesaria para que se realicen. En esta categoría encontramos al juego cuando es prohibido, la prostitución, el consumo de sustancias prohibidas, entre otras. Éstas necesariamente se articulan con las primeras, la situación al margen de lo permitido mantiene a sus actores en la necesidad de recurrir a la violencia o, por el contrario, la situación de aquellos que se dedican a la violencia pero tienen conocimiento de cómo opera lo ilegal o inmoral los hace indicados para inmiscuirse en actividades delictivas más complejas.

Finalmente ubicamos actividades cuyo juicio es aún más ambiguo y cuya condena generalmente depende de condiciones todavía más coyunturales. La asociación, las formas de expresión, las actividades grupales y personales que han sido condenadas por la moral o esquema legal vigente.

De acuerdo a lo enumerado el narcotráfico se ubica en el segundo grupo. El consumo de toda clase de sustancias que alteran el estado de conciencia (incluyendo el alcohol) ha sido una actividad normal durante toda la historia. Su prohibición o aceptación ha ido en función de la manera como afectan la integridad del grupo social, los usos rituales y religiosos en boga, las afectaciones que tiene para los individuos que las consumen, la función que cumplen dentro del grupo, entre otras que en estos momentos no tengo suficientemente claras. Una cosa si lo es: desde hace milenios su consumo es corriente entre la sociedad y en determinados contextos es aceptado por múltiples razones tanto al nivel individual de las personas que los consumimos, como a nivel social. A este respecto recomiendo como un pequeño resumen el libro Bebidas y excitantes de Fernand Braudel, una obra corta enfocada particularmente sobre las bebidas alcohólicas, aunque hay una numerosa bibliografía al respecto.

La producción y consumo de estas sustancias no es nueva y con seguridad seguirá ocurriendo. El incremento en su consumo y el hecho de que se instauren prohibiciones sobre su producción, comercio y/o consumo son los factores que lo convierten en un tráfico, en un comercio tal que genera las suficientes ganancias como para que un grupo se dedique de manera especializada a su producción y distribución. Tal especialización tampoco es nueva pero los mecanismos de producción modernos y la estructura de las sociedades modernas han permitido la maximización de rutas y organizaciones dedicadas a ello. Legales o ilegales actualmente existen compañías especializadas necesarias para que el consumidor final pueda conseguir el producto de su preferencia, por ejemplo las cerveceras, tabacaleras o los cárteles del narcotráfico.

Es aquí donde la prohibición genera las condiciones para las compañías operen al margen y eventualmente se conviertan en imperios delictivos. Ante nuevas necesidades de operación que logren burlar los mecanismos creados para hacer cumplir la ley, los costos se incrementan y con ello la oportunidad de percibir ganancias. Y aunque haya complejas relaciones de valor entre las cosas que no me corresponde exponer, se puede decir que no es solamente el valor económico el que se incrementa sino que también otras formas de valoración se transforman. Por ejemplo en la tradicional consideración de que algo prohibido resulta más excitante al permitir transgredir el orden vigente agregándole un factor de atracción al mero disfrute de la sustancia. Aún así soy del pensamiento que reducir a una atracción morbosa el éxito de consumir determinada sustancia prohibida es un juicio apresurado y simplista.

Pero la mera relación con el consumidor no es la única causa de la existencia de las mafias. Al igual que en el crimen más elemental, la estructura delictiva existe porque se articula con los sectores de poder ya existentes (tanto los legales como los que no lo son) a los que les es útil en diferentes formas de poder ya sea económico, político, ideológico y por supuesto el de ejercer violencia directa no permitida por la reglamentación moral o legal.

Aunque es una forma de exposición muy escueta y sin duda con muchísimas deficiencias espero dé a entender mi visión al respecto: el consumo de diversas sustancias es inherente a las sociedades humanas y por ello genera una actividad productiva redituable que en el capitalismo se especializa. Actividad que si se intenta prohibir en algún punto llevará consigo la consecuencia de hacerla más rentable y propiciar que se parasite más en el sistema supuestamente aceptado. Lo que no quiere decir que no se deba prohibir como expondré más adelante.

II

El narcotráfico actual es y genera  formas de corrupción paralelas a otras y que nos lleva a este problema tan mencionado en nuestro país. Corrupción es la ruptura intensa de algo, actualmente el término es muy usado para referirse a cualquier forma de realizar cualquier actividad fuera de o contra la ley entre otros usos. Como la mayoría de las palabras es empleada con una ligereza absoluta lo que permite su aplicación en juicios superficiales a los que no se les exige comprobación alguna.

Pero la acepción más común se refiere a las prácticas ilegales realizadas por individuos o grupos pertenecientes a instituciones dentro del marco legal y en algunos marcos morales. La exaltación del Estado y la empresa contemporáneos como las más legítimas formas de constitución de la sociedad lleva al uso reiterativo de la palabra cuando ocurren casos de violación de las normas constitutivas de tales instituciones.

Pero la corrupción como tal tampoco es algo nuevo. Los sistemas legales y morales por más coherencia interna que tengan no están exentos de tener vacíos de aplicación, de ser insuficientes ante casos concretos, de tener contradicciones internas ni de estar expuestos a su violación por los individuos que se supone deberían acatarles. En toda la historia los hombres han roto con las leyes vigentes para cambiarlas o para actuar de manera más acorde con sus intereses. Hoy que el estado y la empresa son defendidas (se defienden) a ultranza, revelan y generan contradicciones más específicas en tanto sus esquemas son todavía más rígidos y totalitarios buscando la regulación de la mayoría de actividades humanas.

Evidentemente en nuestros días habrá más leyes que romper al existir precisamente más leyes. Dicho de otra manera: aunque la sociedad pueda mantenerse en un curioso estado de equilibrio que conserve su estructura, una parte del incremento delictivo se da en cantidad proporcional al número de leyes y controles creados. Al mismo tiempo existe una crisis de valores y esquemas morales producto del nihilismo, la crítica profunda a las formas de pensamiento previas, a las luchas de inclusión de muchos grupos e identidades en los mecanismos sociales de un mundo globalizado. Curiosamente se crean más sistemas jurídicos en tiempos en que los esquemas morales se han vuelto laxos y relativos, a la par de un proceso en el que la sociedad se vuelve más y más compleja. Ello genera una ruptura entre ambos sistemas: el legal y el moral. Se ha buscado institucionalizar todo y en ello se ha perdido cierta movilidad que permitía el que las regulaciones sociales fueran morales, claro que esto es producto también de que, en determinado momento, las reglas morales llegaron en varias sociedades industriales a niveles de rigidez inaudita.

Al mismo tiempo de lo anterior, o acompañado de, se da una escisión de las esferas de lo público y lo privado. La política en el Estado moderno permite definir la esfera de lo público donde todo está estrictamente regulado y (supuestamente) libera la esfera de lo personal donde la moral pierde el poder que tenía anteriormente. Así el individuo puede realizarse de manera más autónoma respecto de la comunidad sin perder sus nexos con ella, que ahora se encuentran más acotados. Ello, por supuesto, no significa una separación efectiva: ambas esferas coexisten y son inconmensurables. Sin embargo los esquemas morales han perdido efectividad en los últimos años, en parte por encontrarnos en una crisis de fundamentación de los sistemas éticos y morales; en parte porque otros esquemas han entrado en competencia con los que anteriormente regulaban nuestra sociedad como el respeto a la diversidad y la diferencia; etc.

Con la llegada de las telecomunicaciones dos fenómenos han acontecido: primero las esferas pública y privada tienden no solo a coexistir sino a confundirse, si no es que incluso tienden a fundirse en muchos aspectos. Segundo, ha propiciado un acercamiento forzoso de distintos grupos e individuos que con las anteriores limitaciones de comunicación no tomaban consciencia de la existencia del otro, del pensamiento del otro en la medida en que se hace hoy en día. El enriquecimiento de nuestra vida pública, de nuestro conocimiento de distintas formas de pensar, no es agradable en estos momentos, revela la heterogeneidad de nuestro grupo social y en un país donde la tolerancia es impuesta desde el poder del Estado sin generarse mayores vías de comprensión y diálogo que enriquezcan el conocimiento del otro, tal consciencia nos sume en una neurosis colectiva: un pánico de nosotros mismos como sociedad, una imposibilidad de lograr los consensos necesarios desde nuestro papel como ciudadanos.

Aceptemos, sin embargo, que tenemos un marco legal que posibilita nuestra vida en sociedad. Que por ello mismo no debe ser quebrantado sino respetado y apoyado en nuestro actuar cotidiano. No por ello el sistema se libra de tener contradicciones. El capitalismo funciona, en un retrato muy brutal y esquemático, a base de tener empleados y empleadores y, al mismo tiempo, de propiciar el interés económico como base del sistema. No es una norma que rija todas nuestras actividades pero sí las más relevantes o sus esquemas generales, en ello radica parte de su hegemonía. Como tal se basa en que estemos atados por estar en contradicción unos contra otros: el empleado contra el empleador, uno para sostener y acrecentar su forma de vida, el otro lo mismo vía la ganancia; todos regulados por el interés de tener más y mejores cosas que incrementen nuestro nivel de vida dentro de jerarquías de posesión y consumo. No es que la contradicción sea condición exclusiva del capitalismo, la contradicción es inherente a los sistemas, pero éstas son algunas de las formas que ha tomado en el sistema actual.

Tenemos entonces la puerta perfecta para la corrupción: el tener que buscar constantemente las vías para obtener un mayor poder bajo un valor único (el dinero) que obliga a focalizar todas las vías, herramientas y objetivos para conseguirlo. Un esquema donde lo único realmente contrario sería no buscar tal acaparamiento económico y de posesión. En países donde la población tiene mejor ingresos per cápita tal ambición es el motor de la sociedad (y es visible que hasta en las mejores economías tal paradigma está siendo cuestionado). En un país pobre y explotado, donde le son implantadas anhelos y expectativas más lejos de sus propias capacidades de generación de satisfactores, donde los medios proyectan aspiraciones muy difíciles de alcanzar, la mejor forma de alcanzar las metas del sistema aspiracional y de valores más o menos vigentes ha pasado a ser la corrupción. Esto, claro, es una respuesta tentativa y bastante simplista igualmente.

Pero no por ello creo que haya una oposición completa entre corrupción y seguimiento del marco aceptado. Romper un sistema permite actuar más allá de las limitaciones del sistema mismo ya sea reformándolo o instaurando un esquema paralelo pero en interacción con el vigente. Y eso puede ser natural y hasta positivo en la medida que permite que el sistema no colapse, le permite mantenerlo aceitado, joven, retroalimentado hasta que tal corrupción se transforma en el verdadero orden vigente. Sin embargo no necesariamente hay una sustitución, la corrupción practicada puede, poco a poco, irse codificando en una escala de valores específicos, de prácticas cotidianas y vivir parasitariamente a la par del marco legal y moral. Es obvio que estos últimos ya no cumplen las funciones para las que están construidos, pero en algún punto no dejan de ser útiles y dejan de evolucionar; la corrupción entra para suplir algunos de sus problemas y genera sus propios esquemas que igualmente se detienen, dejan de transformarse y, lo que es peor, los individuos que los practican no pretenden la hegemonía de las nuevas normas, se contentan con vivir en una contradicción a vivir paralelamente dos vidas, públicas en la ley, privadas en la moral. La corrupción que se califica como tal, la que nosotros juzgamos y vivimos cada día es ésta: la que nos tiene seducidos y encarcelados por no querer, no poder, no saber cómo cambiar el orden legal y moral vigente.

La corrupción ha avasallado a nuestros sistemas e instituciones ya que no buscamos reformar lo vigente para que funcione de acuerdo a nuestras necesidades, o reformular nuestras necesidades para que el esquema continúe vigente. Hay una inercia de perseguir el beneficio propio o de grupo a costa de otros individuos y grupos porque el orden vigente que gobierna sobre todo marco legal e ilegal es el del interés. Así el narcotráfico permeó las instituciones productivas, financieras y gubernamentales. Las personas acudieron al narcotráfico y otras mafias (legales e ilegales) para suplir las limitaciones que sus trabajos, sus posiciones en el esquema social, les impedían alcanzar.

Hemos olvidado la necesidad de un orden social establecido a base de promesas (laborales, de justicia, de civilidad, etc.) que continuamente ratificamos y cumplimos para tener la confianza en todos para funcionar como grupo. Desde el ámbito de los sectores de poder sean gobiernos o empleadores eso es aún más grave porque dejan de legitimarse como las formas de vida que, a su vez, legitiman la existencia de todo el aparato social, dejan de ser la aspiración legítima de todo el resto de individuos, ya no son respetables los individuos en sus posiciones de poder pues lo único que se legitima es la posición de poder, la forma y no el contenido. En todas las eras las personas que detentan el poder tienen que demostrar que son dignos de poseerlo y ejercerlo. La legitimidad implica valores morales respetados por las demás partes de la sociedad. Pero el capitalismo también ha destruido eso: la fluidez de las personas en los diferentes estratos sociales ha vaciado de contenido a los grupos de manera que ya no hay estamentos tan solo clases (aunque este concepto está muy discutido en nuestros días). Los empresarios han olvidado su papel en la sociedad y se han vuelto tan desechables como los empleados del sistema.

La corrupción es inherente a todo sistema pero no puede ser el verdadero esquema social imperante solapado ante una falsa pretensión de orden. Ello implica que tenemos que tener un proyecto personal y de conjunto de lo que queremos del orden social, en qué clase de grupo, con qué personas queremos vivir, qué nivel de vida deseamos tener y cuáles deben ser los límites del mismo. Y deberíamos ser conscientes de ello no solo de manera personal sino tener una cierta conciencia pública de ello. Claro esto, en nuestros tiempos, con esta pobreza, competitividad, con esta sobrepoblación, falta de representación y tantos otros problemas puede ser una pretensión excesiva, pero es una pretensión necesaria para tener y ejercer nuestro papel de ciudadanos, es y ha sido una pretensión de congruencia ha sido necesaria en toda la historia de la humanidad.

III

Establecer políticas públicas para combatir ambos problemas es urgente y al mismo tiempo difícil. No puede y no debe realizarse al margen de otros factores como educación, empleo y otras necesidades sociales sin los cuales es absurdo pensar que podemos escapar al narcotráfico y la corrupción. Tampoco me corresponde dar recomendaciones sobre tales políticas. Al parecer el fracaso de éstas radica no únicamente en una falta de voluntad, sino en la falta igualmente de proyectos políticos y datos sobre nuestra realidad social que lo sustenten. Radica igualmente en que los grupos sociales y las instituciones privadas y del estado han perdido de vista una identidad nacional y de sus propios grupos que hay que rescatar y reconstruir, adaptar a los tiempos contemporáneos de manera que incluya a todos las identidades o formas de reconocimiento que reclaman inclusión en la vida nacional con la suficiente fuerza como para minar las estructuras actuales. La ley, la moral y la ideología necesitan transformarse y vincular a todos los que viven dentro de nuestras fronteras políticas para propiciar de nuevo ese extraño espectro indefinible que denominamos nación.

Mientras eso pasa (y encontramos la forma de participar en ello) me dedicaré a establecer mi posición en torno a ambos problemas. Sobre el narcotráfico he dicho que es un problema que nos avasalla y que no puede desaparecer mágicamente ni por combate a sus estructuras operativas solamente. Sin embargo las drogas son una cuestión diferente. Las drogas ingeridas para obtener una reacción específica sobre nuestros estados de conciencia han existido durante toda la historia y, por lo que revelan ciertos hábitos de algunas especies animales, puede que existan antes de la misma historia. La alteración de nuestra conciencia (y habría que preguntarse qué es la conciencia misma y cuáles son sus límites) es una actividad que permite explotar y experimentar con otros mecanismos de nuestra mente lo que grosso modo puede ser útil. Durante el siglo XX y particularmente durante su segunda mitad se han hecho avances científicos sobre las limitantes que tiene el pensar racional y lógico. Se ha recuperado en algunos casos, inaugurado en otros, una perspectiva que privilegia o da cierta importancia a otros mecanismos de la mente humana como la imaginación, las emociones, la sensibilidad física y sentimental, etc. A través de las drogas se obtienen efectos en los que se experimentan y usan, en distinta proporción, tales estados y herramientas de la psique humana. Con las reacciones obtenidas se obtienen una serie de comportamientos y pensamientos distintos a los que obtiene un estado mental sin ellas (o sin su provilegio). De todas formas no existe algo como un estado de conciencia natural, fija y estándar. La mente varía sus percepciones y reacciones constantemente por lo que nuestras emociones, sentimientos, sensaciones, etc., influyen profunda y continuamente en la construcción de nuestros pensamientos junto a los mecanismos lógicos (que también son de diferentes tipos). De ahí que considere la existencia de una función positiva del consumo de drogas. El café como estimulante, el alcohol como desinhibidor, la marihuana como estupefaciente, etc., nos permiten experimentar y rehacer nuestras ideas y actitudes potenciando ciertas capacidades mentales.

Por otro lado las drogas constituyen un problema social y de salud pública. Entrar en tales estados alterados de conciencia nos permite eludir percepciones, pensamientos o actitudes que en otro caso se nos presentarían de manera ineludible. Es decir: las drogas pueden ser maneras en que el individuo se enajena y no asume sus responsabilidades o problemáticas. La percepción meramente subjetiva de que los problemas se esfuman o de que sus consecuencias a nivel personal y mental se difuminan no hace desaparecer al problema, a la situación de la cual escapamos. Además su consumo continuo causa en muchos casos adicción física y/o psíquica. Sobre esto hay que considerar que nuestro comportamiento social está construido, en buena medida, sobre ciertos cánones y códigos que aceptamos y ejercemos entre ciertos límites de nuestros estados mentales. Estar dentro de esos límites nos permite seguir actuando dentro del grupo acatando los consiguientes roles y responsabilidades, evaluando las situaciones y alternativas de cara a seguir dentro del grupo o salir de él, teniendo en cuenta (bajo raciocinio y memoria) las causas y consecuencias de nuestros actos para tomar decisiones con base en ello. Una adicción, en la mayoría de las ocasiones, no permite que nuestras interacciones sociales se den dentro de los cánones idóneos, así mismo estar continuamente en estados alterados de conciencia no nos permite pensar ni actuar con base en tales cánones por lo que vamos fragilizando nuestro rol social y nuestra capacidad de interacción con las personas que nos rodean. También hay que considerar que los mismos narcotraficantes (incluyendo empresas que producen y venden productos del tabaco y el alcohol) están produciendo e inventando muchas drogas con el propósito o riesgo expreso de causarnos tales adicciones, ya sea como consecuencia de su desarrollo o como una petición misma de los fabricantes que, al ser parte del capitalismo, reclaman encontrar formas de expandir su mercado. Por último hay que considerar que su consumo, como la mayoría si no es que todas las actividades en la vida, entraña riesgos y que su uso implica consecuencias de muchos tipos: legales, sociales, éticas, morales, emocionales, etc.; una de las cuales es que, al ser una actividad ilegal, propicia la existencia de organizaciones y actividades que rompen la ley para seguir participando del mercado hiriendo el tejido social con ello.

Dejar de tomar drogas es siempre una opción. Sin consumo no pareciera haber problemas. Pero a nivel personal no lo recomendaría. La vida no es tan lineal y exacta como para prescindir de explotar y explorar otras formas de captar al mundo. Vivir grandes porciones de la vida en estados alterados tampoco me parece una opción, existe cierta coherencia entre estados mentales recomendados y nuestra vida cotidiana, tal conexión nos permite sobrevivir y llevar a cabo una vida dentro de ciertos límites. No creo que exista una dosis, sustancia, tiempo, forma o manera recomendable de consumo. Cada quien tiene sus propias necesidades y debe encontrar la forma de responder a ellas. Nadie puede ser juez perfecto de uno mismo ni del otro pero, aunque no quiera, tiene que intentar serlo. Por tanto escapar continuamente de uno o varios problemas a través de drogarse no es algo que pueda condenar pero que me parece ineludiblemente incorrecto. El consuelo es eso: consuelo y jamás solución. Por otro lado no estoy de acuerdo en adicción alguna y estoy seguro que sobre este punto debe haber una enorme discusión sobre la definición específica de adicción. Y siempre tenemos que tener presentes, mientras podemos, las consecuencias de nuestros actos: la compra y consumo de enervantes o estupefacientes tiene implicaciones y riesgos, lo que no es razón estricta nunca para dejar de acceder a ellos. Puedo decir que hay muchas drogas con las que reconozco problemas éticos, vitales, morales pero creo que hay que lograr una legalización de drogas blandas, una prohibición de drogas altamente adictivas y nocivas para el cuerpo, generar programas de prevención de adicciones, atacar desde diferentes ámbitos al narcotráfico y sus causas, no únicamente desde el armado y, finalmente, es recomendable no tener ni miedo ni temeridad en el consumo de cualquier sustancia.

La corrupción es asunto aparte. Las leyes son hechas para estructurar un orden social, orden social en el cual existen jerarquías de poder basadas en poder político, riqueza, conocimiento, etc. No todos son beneficiados por igual en un sistema legal, no al menos hasta hoy. Además las leyes son hechas para un momento en específico, luego tienen que irse adaptando a las circunstancias mediante los órganos legislativos, pero un cuerpo normativo obedece a uno o varios principios fundamentales que también pueden volverse obsoletos, que en algún momento irremediablemente se volverán obsoletos y con ellos toda la ley que sustentan. Incluso en el caso de que las leyes sean adecuadas y efectivas para el comportamiento social siempre podemos vernos inmersos en una situación conflictiva donde es necesario no seguirla para poder desempeñarnos de manera ágil en la sociedad, para que la sociedad misma funcione adecuada y óptimamente. Un cuerpo legal no cubre todas las posibilidades y conflictos, sólo los más relevantes del conflicto social

En el momento en que las normas, tomadas separadamente o en conjunto, no son útiles para lograr una vida acorde con las necesidades y expectativas que tenemos, que heredamos y las que generamos, tomamos la vía de actuar por encima de tales normas, de aprovecharnos de su ambigüedad, de su contradicción o de sencillamente ignorarlas. Claro que aquí estoy hablando de aquellas situaciones en que tenemos un conocimiento, aunque sea borroso, de la norma y sus implicaciones y no de los casos donde el delito se da por desconocimiento de la norma. Creo firmemente que la inadecuación de una ley, la necesidad de corromperla, etc., no son factores que puedan eliminar el delito, solo inhiben su efecto: el del castigo correspondiente. Pero el problema real es que nos atrevemos a violar la norma conociendo que existen efectos y responsabilidades a partir de ello. ¿Por qué nos atrevemos a romper una regla? ¿En qué momento nos atrevemos a corromper las normas? Esas son preguntas que no me corresponde responder aquí tanto por una ignorancia sobre el tema como porque hay numerosa bibliografía al respecto. Lo que me interesa es recalcar el papel que tenemos de cara a la posibilidad de enfrentar la corrupción.

Al igual que como mencionaba líneas arriba sobre el consumo de drogas, la opción más evidente es no incurrir en forma alguna de corrupción. Pero creo fervientemente que no existe respuesta más hipócrita y simplista que esa. Las normas no son siempre funcionales y efectivas como ya recalqué antes. En cambio tenemos que tener presente que transgredir las leyes no puede ser una opción viable día con día, cualquier transgresión es un delito que merma la confianza que tenemos en los pactos sociales, intergrupales o los meramente intersubjetivos. Destruir esa confianza en la existencia de una serie de conductas reguladas donde sabemos que esperar de los otros es destruir la sociedad. Al trastocar esas normas hay que tener en cuenta ese riesgo y, si bien no es justificable, evaluar detenidamente por qué lo hacemos, qué ganamos con ello y, sobretodo, qué perdemos. La menor acción en contra de las normas las debilita y nos marca dentro de la sociedad cuando queda al descubierto el crimen.

Lo peor que puede sucedernos es que se pierda ese marcaje cuando ocurre un acto contrario a las leyes. Cuando el delito se tolera y se ve como algo normal se atomiza la relación social y no podemos articular acciones de gran alcance como grupo. Aunque siempre puede discutirse cómo se define una acción social, cuál es el papel del individuo dentro de una acción colectiva, si hay efectividad para los individuos de tales acciones, etc., es indudable que únicamente las acciones colectivas pueden dotar de gran alcance a las políticas gubernamentales, a los programas sociales, a la construcción de democracias más efectivas, en fin, a toda clase de cooperación humana. Si la corrupción se torna una actividad cotidiana no podemos llevar a cabo acciones programadas de gran alcance pues no creemos en los programas o calendarios y aunque lo hagamos perderemos la confianza en el otro prontamente.

Podemos suponer en todo caso que sabemos cómo vivir dentro de un sistema tan corrupto, que sabemos sobrevivir a pesar de la falta de confianza, pero no es sino una visión de corto alcance y expectativas. La mayoría de las personas en la mayor parte de sus acciones las hacen pensando en que sean de cierto alcance tanto espacial, temporal y social (quizá haya otras dimensiones que yo en este momento no contemplo). Por ejemplo, muchas personas trabajan pensando en que hacerlo les va a retribuir beneficios a ellos y a sus familias o amistades, a sus grupos de trabajo no solo inmediatamente sino también por un cierto tiempo como puede ser dejar patrimonio a sus hijos o nietos y que ellos lo conserven, o que la empresa donde laboren sea exitosa y crezca eventualmente. Aunque en un corto alcance el éxito de cierta acción que quebrante la norma pueda ser efectivo, en el largo alcance pierde toda efectividad pues condiciona todo el resto del sistema a oscilar entre comportarse del modo aceptado o de aquel fuera de la norma. Y como obviamente la acción corrupta está fuera de la norma su consecuencia y sus beneficios normalmente también lo estarán por lo que incluye una carga de responsabilidad inherente: la posibilidad presente de ser descubierto y castigado junto con la responsabilidad ética que asumir ya depende de las perspectivas y pensamiento de cada persona.

No creo que haya que satanizar la corrupción. No creo que haya que santificar las reglas y normas instauradas. Hay que actuar con perspectiva, con análisis de causas y efectos de nuestros pensamientos y acciones. Todo acto de corrupción  tiene el mismo efecto al ser visto por un tercero sobre su confianza en los sistemas e instituciones vigentes pero no sobre el funcionamiento de esos mismos. Hay actos que afectan más el funcionamiento normal de las instituciones, que tienen más consecuencias, que desestabilizan el sistema de sus fines y desarrollo esperado. Si el acto corrupto tiene más consecuencias, cada consecuencia va a actuar como un desacreditador de la institución y las personas implicadas. Peor que ello, esas mismas consecuencias mayores generan más daños no sólo al tejido social sino que pueden dañar a personas concretas. Aún cuando las normas vigentes causen problemas a las personas y violarlas sea en aras de disminuir tales problemas debemos estar conscientes que violar el orden instituido es conflicto y como tal inherentemente va a provocar un daño.

Me gusta recalcar un punto en especial: las normas están diseñadas de acuerdo a ciertas expectativas. Si aún actuando conforme a la norma, ésta no funciona para llenar tales expectativas sólo pueden estar mal dos cosas: o la norma o las expectativas. Una de las dos tiene que ser cambiada. Si no lo hacemos y queremos mantener ambas solo generaremos fricciones y conflictos que, de todas maneras, desembocan en cambiar nuestras expectativas o nuestras normas buscando incrementar el nivel de confianza y funcionalidad de nuestra vida en sociedad. Sin ello es imposible que funcione este país agradablemente para y desde sus ciudadanos. En los últimos años ha habido rezagos en materia de educación cívica y ética. Los programas se han degradado y aunque los tecnócratas y neoliberales no calculen, desprecien o consideren peligrosa la educación basada en valores formativos nosotros debemos hacer un trabajo al respecto que parte del intento cotidiano por ser más coherentes en nuestra palabra y pensamiento y más congruentes entre aquellos y nuestras acciones. Así mismo por incidir educativamente en nuestros semejantes y en las personas en formación.  Yo, personalmente, no creo que el futuro sea promisorio pero no creo errar demasiado en recomendar eso a todo aquél que espere algún día vivir, él o sus descendientes, en paz y prosperidad.

Atte. Iliadad

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El hombre que creyó en Copérnico.

Georg Joachim Rheticus
El hombre que creyó en Copérnico.

Gerardo Martínez Avilés
Sección ASÍfue de la revista de divulgación científica de la UNAM ¿Cómo ves? Año 13, núm. 146.

La revolución científica por excelencia es la que se conoce como revolución copernicana en honor a Nicolás Copérnico. A éste se le atribuye el haber construido una teoría astronómica con el Sol en el centro en vez de la Tierra, aunque la idea del heliocentrismo ya se les había ocurrido a otros antes que a Copérnico. La revolución copernicana empezó cuando éste astrónomo polaco publico el libro De revolutionibus Orbium Coelestium (“Sobre las revoluciones de las esferas celestes”), una de las obras más importantes de la historia de la ciencia. No obstante, si bien el nombre de su autor es, con justa razón, muy bien recordado y enaltecido, injustamente se olvida a un personaje sin el cual el libro quizá no se habría publicado: Georg Joachim Rheticus.

Desgracia familiar
El pueblo alpino de Feldkirch se encuentra en una ruta comercial que conecta Italia con Alemania. En 1514 Feldkirch era un hervidero de gente de distintas lenguas y culturas. Allí llegaron Georg Iserin y Thomasina de Porris con una hija pequeña, procedentes de Lombardía. Al poco tiempo, nació su hijo Georg Joachim, el 16 de febrero de 1514.
No mucho antes se había difundido por Europa la imprenta de tipos móviles de Johannes Gutember. Con esta máquina empezaron a proliferar los libros, que serían parte fundamental de la vida de Georg Joachim. Su padre, médico interesado en muchas cosas, como buen renacentista, tenía su propia biblioteca.
La situación económica de la familia era desahogada. Su madre descendía de una familia de nobles y la carrera médica de su padre iba en ascenso, además de que aumentaba los ingresos de la familia vendiendo horóscopos, cosa común en los médicos del siglo XVI. No obstante, el conocimiento de Iserin empezó a despertar sospechas. Fuera de los rumores supersticiosos de que se dedicaba a la brujería, hay registro de un proceso legal en su contra. En los documentos aparece un gran número de cargos por tomar ventaja de su posición de médico, Georg Iserin fue declarado culpable y decapitado en una plaza pública. Fue por el ignominioso fin de su padre que Georg Joachim tuvo que adoptar el apellido de su madre, de Porris. Más tarde, por amor a su tierra natal, que en latín se llamaba Rhaetia (Recia), se volvió a cambiar el nombre, adoptando el apelativo de Rheticus.
Gracias a la buena posición económica en que dejó el padre a la familia, Rheticus pudo estudiar en las mejores escuelas. Después de sus primeros estudios en Feldkirch, realizó estudios en Zurich, donde vivió una intensa atmósfera intelectual, una atmósfera donde se respiraban a la par los aires de la Reforma Protestante y los del Renacimiento.
En 1531 Rheticus regresó a su natal Feldkirch. Para entonces el cargo que otrora ocupara su padre lo desempeñaba un hombre llamado Aquiles Gasser. Georg Joachim se convirtió en su amigo y protegido, y al año siguiente, el joven de 18 años partió al norte con recomendaciones y referencias de su protector para estudiar en la Universidad de Wittemberg.

Liberación
La Reforma protestante empezó en esa ciudad en 1517, cuando el profesor de teología Martín Lutero colgó en la entrada de una iglesia un documento en el que repudiaba la costumbre de vender “indulgencias”; es decir, de perdonarles los pecados a los creyentes mediante una suma de dinero. En ese documento, Lutero reinterpretaba partes de la Biblia, para alegar, entre otras cosas, que los pecados no se podías expiar pagando, sino sólo por arrepentimiento y penitencia. La imprenta de Gutemberg contribuyó a diseminar la doctrina de Lutero por toda Europa.
La Universidad de Wittemberg era el centro intelectual de la Reforma y Rheticus adoptó con entusiasmo sus ideales, sobre todo el de libertad para interpretar la Biblia personalmente en vez de atenerse a las interpretaciones de una autoridad. Y si no había autoridad superior para interpretar la palabra de Dios, ¿por qué la habría para interpretar la naturaleza?
A los 22 años, Rheticus ya era profesor de matemáticas en la Universidad de Wittemberg, Philip Melanchton, rector de la universidad y mano derecha de Lutero, tenía especial predilección por el inteligente joven. Cuando, en 1538, Rheticus solicitó permiso para ausentarse un tiempo, Melanchton se lo concedió sin demora.
En busca de su maestro
Los viajes de Rheticus le permitieron relacionarse con muchos intelectuales europeos, pero se había interesado particularmente en un astrónomo polaco llamado Nicolás Copérnico, de quien había oído hablar. Copérnico había hecho circular un manuscrito entre sus allegados en el que explicaba que los cálculos astronómicos se simplificarían mucho suponiendo que el Sol, y no la Tierra, era el centro del sistema planetario. Por lo tanto, la Tierra giraba alrededor del Sol. Estas ideas echaban por tierra más de 2000 años de filosofía natural. En 1539 Rheticus volvió a Wittember e inmediatamente pidió permiso para una nueva ausencia, en esta ocasión para dirigirse a Frauenberg, el hogar de Copérnico.
Nicolás Copérnico era un clérigo católico respetado en su comunidad, pero poco conocido en el resto del mundo. En su comunidad católica el luteranismo se consideraba una herejía. Grande fue la sorpresa de Copérnico cuando supo que un joven protestante había venido a visitarlo, y mayor fue su alivio al saber que el propósito de la visita no era teológico, sino astronómico. Por fortuna, el único que en aquel entonces había notado que las ideas de Copérnico contradecían a las sagradas escrituras era, precisamente, Martín Lutero. Nadie en el catolicismo había condenado el heliocentrismo ni lo había relacionado con la teología (es más, el mismo papa incitaría a Copérnico a publicar su obra).
Copérnico notó inmediatamente la sinceridad y devoción al conocimiento que dejaba ver Rheticus, lo que lo predispuso a favor de su primer y único estudiante. A cambio, Rheticus siempre nombraría a Copérnico simplemente “mi maestro”, aunque, tal vez por el trágico fin de Georg Iserin, el joven lo adoptó como una especie de padre.
Durante los siguientes dos años y cuatro meses, Rheticus permaneció al lado de Copérnico. Escribió una biografía de su maestro que por desgracia no se conserva, la Vitta Copernici, de cuya existencia sabemos porque la mencionan algunos autores que la leyeron en su tiempo. Copérnico no solamente era demasiado tímido para publicar sus ideas; realmente no estaba convencido de que su trabajo encontrara un público serio, y además tenía demasiado trabajo para poder dedicarse de lleno a escribir. La llegada de Rheticus reavivó el amor de Copérnico por la astronomía. Pasaron noches enteras observando el cuelo y discutiendo de astronomía, lo que dejó a Rheticus extenuado tanto física como mentalmente. No debió ser fácil para el joven estudiante olvidar todo lo que sabía y comenzar de nuevo.

A la imprenta
El siguiente proyecto de Rheticus fue escribir una explicación simplificada de lo que había estudiado con su maestro. Si lo había entendido bien, sería capaz de enseñarlo. El 23 de septiembre de 1539, Rheticus completó el trabajo que se convertiría en la primera publicación copernicana. Aunque tenía un título muy largo en latín, hoy la conocemos como Narratio Prima.
Copérnico no pudo encontrar mejor agente publicitario que Rheticus. El joven estudiante hizo llegar la Narratio prima a Nuremberg, donde había hecho contactos en sus viajes anteriores y donde sabía que encontraría no solamente quien lo publicara, sino también quien lo leyera. Rheticus siempre se caracterizó por su sinceridad intelectual. En su libro da todo el crédito a Copérnico y solo se refiere a sí mismo como “un joven amante de las matemáticas”. Es extraño que fuera Rheticus y no Copérnico el primero en usar la imprenta para difundir el heliocentrismo.
La Narratio fue un éxito, Rheticus había expuesto las ideas de Copérnico con una claridad notable. Su maestro quizá se sintió más confiado: había que publicar el tratado original completo. El entusiasmo de los editores e intelectuales de Nurember fue el combustible que necesitaba Copérnico para culminar De Revolutionibus. El astrónomo volcó sus energías en terminar el manuscrito que durante años había guardado bajo llave, mientras su aprendiz Rheticus se afanaba en un tratado que sería incluido en la obra, la Trigonometría de Copérnico.
En 1541 Rheticus se preparaba para partir de Frauenburg. Debía regresar a Wittember a cumplir obligaciones académicas, pero antes pasaría a Nuremberg para dejar en la imprenta el libro de Copérnico, cuya salud iba en franco deterioro. Rheticus sabía que no volvería a ver a su maestro, posiblemente la persona que más quiso en su vida.
Rheticus cometió el error de entregar al impresor Johannes Petreius un manuscrito mal pulido, además de que tuvo que abandonar Nurember dejando la impresión a cargo del teólogo luterano Andreas Osiander. Este había mantenido correspondencia con Copérnico y le había sugerido amansar a los teólogos que pudieran detectar en su explicación una contradicción con las sagradas escrituras exponiendo su nueva teoría como una simple hipótesis. Copérnico se había negado, pero aun así Osiander agregó un prefacio anónimo donde reducía la teoría a hipótesis. Además se cree que alteró también el nombre del libro, que se amplió en el impreso de De Revolutionibus al nombre por el que hoy lo conocemos, De Revolutionibus Orbium Coelestium. Quién sabe si algún día sabremos a qué se refería exactamente Nicolás Copérnico con su título.

La vida después de Copérnico
Al volver a Wittember, Rheticus encontró un ambiente tenso. Melanchton se encontraba inmerso en una controversia, además de que su salud se había deteriorado. Por si fuera poco, Lutero se oponía expresamente a las ideas de Copérnico, a quien calificaba de “loco que quiere trastocar la ciencia de la astronomía”. Para Lutero bastaba que en la Biblia se contara que Josué le ordenó al Sol detenerse como demostración de que era éste el que se movía, y no la Tierra.
Rheticus dejó de gozar de la libertad intelectual que le había ofrecido el tiempo que pasó con Copérnico. Recibió en Wittgenstein ciertas tareas administrativas, además de la posibilidad de reintegrarse a la universidad como profesor de matemáticas y astronomía, con la condición de que se restringiera a enseñar el sistema geocéntrico.
La relación entre Melanchton y Rheticus se complicó. Por un lado, Melanchton lo censuraba y lo presionaba para casarse, y por el otro, seguía considerándolo su protegido. Desde que Rheticus estuvo con Copérnico se le había abierto la posibilidad de ir a trabajar a la Universidad de Leipzig. Melanchton lo recomendó pero, al mismo tiempo, lo restringió a que adoptara una actitud menos libertaria y más seria. En 1542 Rheticus ingresó como profesor de matemáticas en Leipzig, universidad que lo recibió orgullosamente y le brindó un sueldo generoso. No obstante, Rheticus no tenía la personalidad de un académico corriente. Si bien era bueno para relacionarse y ganar amigos, nunca se sintió a gusto quedándose en un lugar a largo plazo. Durante su estancia en Leipzig su mente se mantuvo en Nuremberg, donde se imprimía el De Revolutionibus. La correspondencia entre los impresores de Nuremberg y las modificaciones que hizo Osiander le hicieron pasar momentos amargos. Le devolvió la calma planear un viaje a Italia, donde trabajaría con el famoso médico y matemático Girolamo Cardano.
Escándalo y final
En 1546 Rheticus tuvo que volver a Leipzig. Su ausencia había molestado a ciertas autoridades universitarias. Al parecer, en aquellos años Rheticus sufrió una especie de colapso nervioso. En la correspondencia entre sus conocidos se habla de un espíritu maligno que ronda a Rheticus.
En Leipzig se dedicó a la trigonometría, la astronomía y la astrología. Su carrera iba viento en popa cuando un mercader llamado Hans Meusel, cuyo hijo de 18 años estudiaba en Lepizig, declaró al consejo de la ciudad de Leipzig que su hijo “había sufrido un repentino, ultrajante y anticristiano incidente vergonzoso perpetrado por un reputado miembro de la universidad de nombre Joachim Rheticus”. Las acusaciones en contra de Rheticus terminaron con su carrera en Leipzig. Por si fuera poco, su vida estaba en riesgo y Rheticus huyó antes de enterarse de los cargos en su contra.
Después de su salida de Leipzig, Rheticus estuvo en Praga y en Viena, lugares donde comenzó a interesarse en la medicina. Al parecer tuvo contacto con el médico y alquimista suizo Paracelso, cuya idea de coinciliar el mundo exterior (macrocosmos) y el cuerpo (microcosmos) lo sedujo.
Aunque Rheticus se dedicó a las matemáticas toda su vida, la fama que alcanzó en su época no se compara con la de Copérnico en nuestros días. La culpa puede atribuirse, en parte, a su maestro Copérnico, que no mencionó el nombre de su joven estudiante en todo el De Revolutionibus. Lo último que sabemos de Rhetivus es que vivió en una ciudad húngara llamada Cassovia, donde murió el 4 de diciembre de 1574. Valentín Otto, estudiante de Wittemberg, fue a visitarlo para rescatar sus últimos trabajos. Al llegar, Rheticus le dijo: “¡Tienes la misma edad que tenía yo cuando visité a Copérnico! Sin mí, su trabajo nunca habría visto la luz del día.”
Tenía razón.