El hombre que tenía una tristeza

Érase una vez un hombre que tenía una bella tristeza. No era un hombre triste sino un hombre que guardaba una tristeza. Hombre infeliz y doliente a todas horas se veía consumido por ese sentimiento que lo acosaba y al cual, sin embargo, guardaba con gran recelo. Un día el hombre volteó al espejo y encontró un hombre avejentado y jorobado, ojeroso y pálido, sumamente cansado al cual no recordaba haber visto. Incrédulo se movió varias veces ante el espejo e incluso revisó éste esperando fuera una broma extraña de alguien más o, al menos, de su mente. Hubo de reconocer que era él, que la tristeza lo había consumido y que su vida corría gran peligro. Fue por ello, algo así como un despertar repentino a la vida, que decidió deshacerse de su tristeza.

Corrió a un lago cercano y mirose en el agua clara, abrió la boca y esperó a que la tristeza saliera por ella pero nada pasó. Esa tristeza se había anidado profundamente y se negaba a salir del tibio hueco en el pecho del hombre. Entonces corrió a un pirul y compartió su llanto con los del gran árbol. Trazó en su rostro líneas colgantes de lágrimas como las hojas que de la copa resbalan y cristalizó al sol el agua salina en sus mejillas como el llanto resinoso del árbol enfermo. Pero la tristeza tampoco salió. Después de varios intentos decidió que había que matar a la tristeza y pagó noche tras noche carteleras de comedia en cines y teatros buscando aminorar su poder para extirparla. Luego acudió a los más disímiles pasatiempos para olvidar a la tristeza a ver si se secaba pero todo fue en vano. La tristeza se negaba a morir.

Viendo que no era posible separase de ella redobló sus esfuerzos intentando bellos romances y preciosas amistades que lo sacaran del letargo en que lo sumía la tirana de su pecho. Pero tampoco fue posible. Hasta los momentos más alegres y los más risueños remitían a un dejo de melancolía con que la tristeza le recordaba su presencia. Al final decidió acudir a alguien más capacitado para que le ayudase. Fue con médicos, psicólogos y psiquiatras y les contó de su caso. Ellos prometieron ayudarle y por esfuerzo no pararon. Le recomendaron una serie de actividades y cambios en su vida, al parejo le dieron pócimas y pastillas que embriagaban aquel soberano sentimiento y que jamás dieron visos de desterrarlo. Junto con estos remedios recibió terapia el buen hombre y ahí removieron sus recuerdos y sus olvidos, su pasado y su presente, en ellos los médicos vieron los indicios de lugares donde la tristeza se pudo haber metido o gestado o sencillamente aparecido.

Todo fue inútil. Aquel desdichado seguía compungido y nada podía sacarlo de ese estado. Sucedió entonces que en aquellas sesiones brotó a su conciencia un humilde recuerdo, uno muy débil mas no por ello menos hermoso. Cuando era niño solía ver, en ciertas ocasiones, volar a su alrededor cientos o miles de hormigas rojas, que con sus extremidades de apareamiento, buscaban donde establecer su nueva familia. La vista era hermosa sintiéndose nadar en una tormenta de hadas malditas mientras los animales por doquier disfrutaban el festín de aquellas que tan sólo buscaban un refugio después de haber amado. Un día perdió la novedad el evento, sería acaso el cansancio y los raspones del juego o el que ya estuviera dejando de ser un niño, y dedicose a ver el espectáculo toda la tarde hasta que una de ellas cayó, llevada por el viento, en su mano.

Movido por la curiosidad el jovenzuelo la acercó a su rostro y comprendió de inmediato la agonía por cansancio que sufría el pequeño animalillo. En un momento su corazón mudó y de su tradicional diversión pasó a una curiosidad compasiva que le hizo preguntarle de donde venía. La hormiga respondió que el origen de su jornada se hallaba a tres colinas de donde había caído y que se hallaba extenuada. Curioso el joven volvió a inquirir “¿y porque has volado tanto?” y la hormiga respondió “hoy, cuando el sol calentaba la mañana, salí de mi agujero dispuesta a amar a mi especie, mi familia, en la caricia de un zángano que me ha ofrendado su semilla, en la mirada cariñosa de las guardianas del hormiguero y en la bella promesa de la colonia que intento fundar… por ese amor he volado tanto”. Incapaz de refrenar sus dudas el chamaquillo prosiguió “y no era acaso suficiente con que volaras un poco, ¿para que volar tanto que arriesgas tu vida?”. El animal ya moribundo respondió: “he volado con ahínco porque mi familia se acaba, se muere. Mientras los caminos del hombre se esparcen menos tierra existe para formar nuestros nidos. Una desolación invade el hormiguero, agobia a mi madre, al saber que posiblemente nos aguarda un triste destino. Hacer menos esfuerzo hubiera faltado al respeto del amor que me fue prodigado en mi crianza, en mi sustento y en la caricia con la que comenzó este día. Por eso he volado hasta aquí como todas ellas, sabiendo que nos enfrentamos, por igual, a la muerte.” En ese momento la compasión inundó a aquel que contemplaba tal desgracia “¿hay algo que pueda hacer por ti? -le dijo- no quisiera que tu muerte fuera en vano.” “Nada puedes -le contestó- pues ahora que me enfrento a mi final veo con claridad que nuestro fin está marcado, así solo ésto te pido: apresura mi final.” Obediente las manos rojizas de raspones del niño colocaron la hormiga en la punta de uno de sus dedos sobre la que rápidamente aplicó el dedo pulgar dando fin a la desdichada. Fue entonces cuando sintió por primera vez una genuina melancolía.

Habiendo recordado ello, aquel niño ahora hecho hombre, corrió a decírselo a los doctores. Les narro la historia entera y les enseñó su dedo. No solo estaba seguro de que era la hormiga la que le había contagiado la tristeza sino que estaba seguro que ésta se había metido por aquellos dedos que, en aquel entonces, tuvieron tantas magulladuras. Los doctores pacientemente le hicieron ver que la tristeza no se contagiaba y le explicaron sobre la mente y los sentimientos y muchas otras cosas de las cuales a veces comprendía y otras tantas no. Al final el hombre estaba más convencido que nunca que la hormiga le había contagiado la tristeza y de que aquellos galenos no podrían con su problema. Así que regresó a su casa, cansado de nuevo, agobiado, melancólico, decaído y nostálgico. Se tendió en la cama y mirando al techo reflexionó. Si lo pensaba no era tan grave tener una tristeza. No era agradable pero eso era porque ¡precisamente era una tristeza! Además esa tristeza era un regalo, el de una raza moribunda, el de un amor desperdiciado, una triste broma de los dioses que se manifestaba en un efímero animalito.  Y ese animalito se la había regalado de manera franca y sincera. Era, sin dudarlo, el regalo más bello que le habían dado en su vida.

Aun así seguía siendo peligroso. Así que fuese regalo o no decidió devolverlo por lo que fue a los lugares de su niñez y buscó con ahínco un hormiguero para devolverle la tristeza a alguien. Quizá reconociendo su origen la tristeza se saldría. Pero no encontró el hormiguero adecuado, aquellos que visitó eran de especies completamente distintas y no unas hormigas rojas, carmesí, ligeramente grandes como él recordaba a aquella pequeña y sufriente amiga de unos instantes. De ahí se dirigió a ver un biólogo. Después de haberle explicado pacientemente qué clase de hormigas buscaba el científico hizo una mueca y le relató que hacía unos años esas hormigas habían desaparecido, precisamente, en los rumbos donde aquel triste hombre fuera niño, ahí también fueron los últimos hábitats de aquellas moradoras.

Desesperanzado volvió a su casa. No podría librarse de esa tristeza nunca más. Era inútil seguir buscando remedio. Era una tristeza indestructible producto de un pueblo extinto. “¿Por qué -pensaba él -sería capaz de erradicar de mi corazón semejante loza?”. Entonces vino a su mente la repentina solución: disfrutaría su tristeza hondamente, la cultivaría, la cuidaría, la protegería de las alegrías inclementes. Si él se hallaba triste con su tristeza, ésta sería dichosa en un corazón amargado. Preparó todo cuidadosamente pintando su casa de tonos oscuros y sellando las ventanas. Cambio las luces por candiles y vistió sus ropas más raídas e incómodas.

Se dedicó al recuerdo para avivar la nostalgia visitando las casas de antiguos amores, viejos amigos, las tumbas de quienes se habían ido y otros pormenores con los que amamantó vivamente la tristeza. Contempló la muerte de cerca, no para ver los cadáveres, sino para apreciar con viveza las lágrimas de quienes les rendían tributo en los velorios y verse contagiado de su desesperación. Armose con la biblioteca más cuidada de todos los poetas que habían compuesto los lamentos y odas más amargas. Contempló la tragedia humana, la pobreza de la vida, la desesperación de los pobres, los oprimidos y los exiliados. La tragicomedia de los caídos en desgracia, los amantes de la bebida, los abandonados por dios. Incluso visitó a las plañideras indagando en sus llantos.

Años vivió de esa manera y, mientras, en su corazón la tristeza creció integrándose al órgano y a sus venas. Éste, agotado, empezó a marchitarse y hacerse pequeño. Al principio el hombre sufrió mareos, más adelante empezó a tornarse pálido y finalmente se tornó más mounstroso de lo que originalmente se viera en el espejo. Jadeante y sin corazón le dejo de importar la vida y dejó de importarle la tristeza.  Se dio cuenta de pronto, que la tristeza moriría con él. Aun siendo tan poderosa sobre su corazón era, por sí sola, otra insignificancia de la vida y que a su muerte se esfumaría en el viento. Sintiéndose fracasado en su cruzada contra y a favor de su tristeza se entregó a la muerte y un día su corazón, empequeñecido, dejó de palpitar. La tristeza por su parte sin un corazón que la alimentara también en pocas horas murió.

El hombre fue enterrado después de un homenaje sencillo pero cariñoso. Irrisoriamente su entierro fue un conjunto de alegrías y cantos en que la gente intentaba rendirle homenaje. Finalmente fue depositado en la fosa y al poco tiempo olvidado. Sucedió entonces, dentro de la tumba, Su corazón se había hecho tan pequeño y duro por la tristeza que era incapaz de podrirse como el resto del cuerpo. Un día aquel minúsculo órgano desecado se partió y de sus entrañas surgió una pequeña cabecita roja con dos fieras mandíbulas. Dos antenas poco a poco se estiraron mientras una pata delgada y puntiaguda las alaciaba. Cuando estuvo listo el animalito salió y pudo apreciarse que tenía dos alas grandes y hermosas. De inmediato se puso a buscar la salida de aquella cueva de costillares, de aquel féretro aprisionador y subió por huequillos en la tierra. Cuando llegó al cielo respiró tranquila sabiéndose sola pero fecundada en su interior. Esperanzada extendió las alas y se dejó arrastrar por el viento.

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Ilya

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