Una segunda oportunidad

Miró al
cielo y luego a la tierra. Miró al horizonte a ver si de casualidad alcanzaba a
ver el océano. Cuando contemplaba el cielo deseaba ir cayendo, sentir el viento
en su cara y librarse del miedo, ver la muerte acercarse y no sentir ningún
miedo. Cuando veía la tierra ansiaba meterse en su seno, yacer enterrado tan
profundamente que las brasas de la madre entibiaran su corazón tan desolado.
Siendo esto tan difícil le dio por buscar el océano, quizá caminando hacia él
pudiera seguir de largo y sumergirse en sus aguas hasta que las olas le
arrastraran, le quitaran el aire, le despojaran de la vida y lo enterraran en
el lecho con la ópera fantasmal de las profundidades en su sonido lúgubre y su
luz tan tenue. Parpadeó y al ir abriendo los ojos se encontró de nuevo en la
calle, rodeado del escándalo de los cláxones, amedrentado por el brillo de los
faros de los vehículos, del estruendo de las voces a su alrededor, de lo
sombrío de la noche incluso cuando ésta era tan cálida.

Quiso
pensar que nada importaba, que cruzaría la calle con los ojos cerrados y que al
final de sus pasos descubriría que era inmortal en ésta o en otra vida, pero no
se atrevió a comprobarlo. Pensarse otro siempre fue para él una manera de
escapar de sí. De pronto se supo en otro tiempo y en otro espacio y cruzó. Un
auto se frenó en seco e inmediatamente graznó acompañado del grito de su
conductor. Otro lo esquivó acelerando para asustarlo y él no se detuvo. No había
cerrado los ojos, tenía miedo a perder la vida y, sin embargo, su mente tan
lacerada por el dolor, se hallaba en otro tiempo y en otro lado. Sus pasos no
le pertenecían y aun así sabía que en el último momento recuperaría el control
de ellos cuando sintiera la muerte cerca, muy cerca. Los autos y los hombres
siguieron sus cánticos de furia, despotricando contra lo que juzgaban era un
imbécil que les molestaba sus días.

Al
colocar el segundo talón sobre la otra acera suspiró hondamente y volvió a
regresar. Nada había pasado, no se había ido del todo ni había permanecido. Era
el dolor tan hondamente extraño que convertía al mundo en otro sin dejar de ser
él mismo. Continuaba vivo. Continuaba sintiéndose vacío. Volvió a suspirar,
esta vez concientemente, pero se sintió decepcionado. Como los melancólicos y
los nostálgicos saben, un buen suspiro viene a uno por sí solo y no cuando uno
lo llama. Aún más decepcionado se llevó las manos a la cara y cerró los ojos
con las yemas para luego tallarse la cara con las dos manos fuertemente como
restregándose y limpiándose las penas. Y sus ojos viajaron a través de calles y
de aceras, niños riendo, perros meando, mujeres gesticulando, hombres lamentándose.
Voló y voló contemplando otras realidades vistas desde fuera. Se preguntó si
acaso serían más dichosos, quizá más felices que él.

Por ir
pensando mientras se hallaba en un pensamiento fue que olvidó ver por donde iba
y entonces cruzó esa pared a toda velocidad, en tan sólo un instante vio una
pareja desnuda abrazada encima de un sofá. Dos amantes descansaban plácidamente,
el sexo de él acurrucado entre las nalgas de ella, la cabeza de ella sobre el
antebrazo de él. Sus piernas entrelazadas y la nariz del hombre soñando con el
perfume y el sudor que respiraba en el cabello de ella. Sus pieles tibias,
inocentes de los riesgos de la noche que asediaba su intimidad. El viajero los
vio tan sólo un momento, no los alcanzó a esquivar. Se estrelló contra el bajo
vientre de la mujer y luego sus recuerdos se rompieron como una burbuja, se
esfumaron como una voluta. Su cuerpo cayó sobre la banqueta y ningún
automovilista le prestó atención, una mujer echó un grito sordo y corrió a zarandearlo
mientras pedía la ayuda de un caballero que se acercó inmediatamente. Pero ya
era tarde. Alguna oscura fuerza, en un momento de ocio, le concedió una segunda
oportunidad dentro de una nueva vida.

SicarivxDeVx
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