“En esta victoria de la reflexión está la peor derrota”

No puedo sino recordar con intenso melancolía otras citas que también pueden encontrar en éste espacio.

El aplazamiento del placer es un principio a la vez práctico y sagrado del verdadero erotismo
Carlos Fuentes

DÍAS DE COMBATE
Paco ignacio Taibo II
CAPÍTULO 11

Todo encuentro largamente prorrogado se inicia con un largo silencio. En él caben las esperanzas y las dudas. A él le pertenecen los titubeos, el desechar otros amores, el olvidar todo lo que ha quedado rezagado.
Hace falta disposición para empezar de nuevo. Sobre todo, si ambos viven la sensación de que quién sabe cómo, algún día, el amor se ha vuelto imposible.
No le queda al amor más que la ilusión, la mueca que sustituye al gesto.
Es ese teatro griego en que la máscara ha sustituído al rostro, y ya no es posible recuperarlo más.
No hay magia ni encanto. No hay fascinación, mucho menos violines en esta noche triste pero apasionada y tensa.
El amor se construye piedra a piedra. Pongamos la primera. Depositemos la piedra madre sobre la tierra.
Por los mismos motivos por los que las úlceras no cierran y las heridas no cicatrizan, el que no sabe nadar no se lanza al océano y el que sabe titubea.
Dejando atrás las otras caras, los otros besos, las otras caricias, rompiendo con la impúdica necesidad de hacer comparaciones.
Como dos gatos escaldados por el fuego al fuego se acercan. El fuego llama y al fuego acuden.
Porque también en la desesperanza se encuentra otra forma distinta de esperanza.
Danzantes en torno a la hoguera. Amanecer del duelo; noche del encuentro.
La muchacha se quita la cinta de cuero que sostiene el eje de la cola de caballo. Piensa: "Nuevamente recorro. Pongo los pies de nuevo en el camino". La cinta de cuero queda en su mano flotando allí como un instante más de lo debido… Y luego cae al suelo.
Héctor empuja el diario del estrangulador a un lado, se desliza hacia el suelo del compartimiento, empuja con la mano izquierda la pata metálica del sillón. Piensa: “Otra mujer a veces otra cara. ¿No es jodidamente lo mismo?” … Ella sacude el pelo suavemente. Un arcoiris de color café claro se extiende. Piensa: “No lo estropearás, no romperás el encanto, no destruirás este momento”. Héctor se quita el saco de pana deteriorado por tres meses de cacería en el aire de una ciudad cargada de smog, se lo quita suavemente, queriendo no romper el encanto. Piensa: “¿La quiero?, ¿estoy enamorado de ella?” . La muchacha se acerca y se arrodilla frente a él. En sus ojos se va encendiendo una pequeña chispa. Piensa: “Tómame de las manos y quédate frente a mí, mirándome, mirándome. Siente lo que te quiero contar, la historia que te quiero contar sólo a ti” . Héctor se pone de rodillas frente a ella, ojos en los ojos. Piensa: “Todo esto es un fraude, muchacha, no tengo nada que darte” . Ella se desabrocha la blusa café claro, cada botón una pausa. Héctor va desabrochándose la camisa al mismo ritmo. Termina más tarde porque tiene un botón de más. Ella piensa: “Cuídame” . Él piensa: “Protégeme” . La muchacha lanza sus brazos hacia atrás y deja caer el chaleco y la blusa al suelo. Piensa: “Cuando uno hace el amor, se quedando un manto de ropa en el suelo” . La mano de ella avanza hacia las cicatrices de la cara de Héctor, suavemente las repasa, sus dedos recorren los dos surcos queriendo cerrar la herida, abrir la herida. Piensa: “¿Por qué esta necesidad de posesión total, por qué la necesidad de saber si otras mujeres han pasado antes por ti, por qué la necesidad de pionero. Sé que este instante es totalmente mío. ¿No basta?” . Se ha quedado con un brasier negro que Héctor explora. Siente los contornos de la tela, las rugosidades, las costuras, adivina y siente los dos pechos bajo él. Piensa: “¿Ya no es posible la entrega simple de otras veces, de las primeras veces? ¿Ya no puedo quitar las sombras de otras caras? Todo tiene que pensarse, reflexionarse, digerirse. Amor y basta. En esta victoria de la reflexión está la peor derrota. El truco, la habilidad no sustituye nada. Soy una vieja puta” . Las manos de ella descienden al cinturón y lo desabrochan. Tira por la hebilla poco a poco. Piensa: “Por qué resulta más fácil desnudar a una mujer que a un hombre?” . Héctor pone las manos en la espalda de la muchacha, toca el cierre del brasier, lo rehuye; acaricia la espalda, se detiene en los omóplatos, descienden sus manos a las costillas, las cuentan, las recorren. Piensa: “Qué mierda, ¿por qué disimulo? Quiero desnudarla no acariciarle la espalda. ¿Por qué el miedo a engancharme en el broche, ser torpe, estropearlo todo?” . Sus manos vuelven al broche y regresan a la espalda, que se va erizando al tacto. Cálida piel entre las manos. Ella ha terminado de quitar el cinturón. Lo arroja sobre la alfombra de ropa. Piensa: “No vayas a fallar ahora, no te vayas a detener en el broche del brasier, no tengas dedos torpes” . Sus manos van lentamente a la espalda y ayudan a los dedos de Héctor a romper la barrera, el portón de la fortaleza asediada. “Gracias” , piensa Héctor. Le besa la frente suavemente. Otra vez el amor recobra el encanto adolescente. La búsqueda, el miedo al error, la necesidad de suplir una técnica no adquirida con una suficiencia aparente. Los dos pechos de la muchacha van quedando descubiertos poco a poco, inmensidades, horas enteras mientras Héctor va haciendo descender el pedazo de tela negra. Los brazos de la muchacha han bajado hasta que las palmas se apoyan en la alfombra. Piensa: “Te amo, cómo te amo” . Repiensa “¿Intento convencerme?” . Héctor ha dejado de pensar, espera que los pezones asomen bajo la tela, espera, espera, espera, espera, espera, espera, espera. Ella suspira suavemente en sus ojos llenos de humo, con una lágrima colgando. Los ojos de Héctor descienden a los dos pezones que apuntan a su pecho. Apoya en ellos los centros de las palmas de sus manos y aprieta. Piensa: “El sexo aviva la hoguera”. Va siendo invadido por la muchacha, por sus ojos suaves. Siente cómo los pechos se tensan cerca de su mano. Los toma. Ella piensa: “Así, déjame llegar a ti. Así”. Se acercan uno al otro hasta que sus cuerpos se juntan. Tienen que avanzar un poco de rodillas, acomodar sus estaturas, hundir la mejilla en el pelo, aspirar. Las manos de ella desabrochan el botón en el que el pantalón cierra.
Sin vacilar, de ahí se extiende la caricia a los ijares y el estómago. Piensa: “Mucho más fácil el cuerpo de una mujer para dejarse amar” . Las manos de Héctor descienden y se apoyan en los huesos de la cadera, los toman, los sostienen. Piensa: “¿Cómo carajos me vos a quitar los calcetines” . La muchacha descubre que Héctor no usa calzoncillos y lo agradece. Héctor descubre que la muchacha ha dejado caer sus zapatos antes de acercarse a él y lo agradece. Encuentra el cierre de la falda en un costado y lo hace bajar de un solo golpe. Piensa: “Como el tajo mortal del hacha del verdugo” . Introduce una mano por la herida recién abierta, la hace girar por la espalda, encuentra el elástico de los calzones y juguetea con él. La muchacha hace descender el cierre de la bragueta de un solo golpe. El sexo de Héctor palpita y se reacomoda, sale. La muchacha lo toma entra las manos y lo sostiene. Héctor desliza sus manos sobre las nalgas suaves y acaricia. Siente cómo la piel se endurece. La muchacha lentamente se pone de pie, la falda se desliza hasta el suelo. Héctor asciende arrastrado tras ella. Antes de ponerse de pie espera que el cuerpo de la muchacha pase a su lado y besa el punto donde se encuentra el sexo sobre los calzones negros. La muchacha se pone de puntas sobre los pies de él y le pone los labios en los labios, sus pechos empujan el pecho de Héctor, se clavan fieros. Héctor piensa: “Un río, una cascada” mientras su sexo se acomoda entre las piernas de la muchacha y su mano desciende bajo el calzón a buscar el sexo de ella. La muchacha piensa: “Una llave de agua que gotea” . Apoyando la punta en el talón del pie contrario Héctor se quita el zapato. Ella toma sus calzones y comienza a hacerlos descender hasta la mitad del muslo, hasta allí llegan sus manos. Se detiene. Héctor acomoda su sexo entre las piernas de ella y siente el calor del sexo de la muchacha cercano al suyo. El tren comienza a moverse.
-¡Puta madre! ¡Se va el tren!
Ridículos, absurdos, amantes. Se ríen a carcajadas. El tren arranca.
Se habían vestido entre risas. Habían saltado del tren en marcha olvidando el importe de los cascos de coca cola en el compartimiento pagado hasta Uruapan. El diario del estrangulador viajaba en el bolsillo del saco de pana de Héctor. Caminaron tomados de la mano un par de kilómetros hasta la terminal de autobuses. Amorosos por primera vez en muchos meses. Unidos ahora sí en la aventura.
Porque acerca mucho más el acto fallido, el compartir el absurdo que el triunfo. Porque la ausencia de final de su acto amoroso no abría la compuerta de las dudas, de las comparaciones, de los arrepentimientos. Porque volvía la adolescencia de campear, sobre la tierra agotada de las batallas amorosas.
Abrazados, besándose, jugueteando, enlazados llegaron a la terminal y pidieron dos boletos para el primer camión que saliera hacia México. Tomaron dos tortas de huevo con chorizo carísimas en el restaurante y se subieron audaces en un Flecha Amarilla de segunda que tomó la carretera como si fuera exclusivamente suya.
La muchacha de la ola de caballo acomodó la cinta de cuero en torno a su pelo, miró a Héctor amorosa, dulcemente.
-Tenemos una deuda.
-La cobraremos. Hay que buscar a un asesino y acabar con él.
-¿En nombre de quién?
-En nombre de las siente mujeres asesinadas.
Ella se durmió en sus brazos.
Héctor recordó un pedazo de poema de su amigo de la prepa René Roque: “Nos unimos más y nos separamos más; danzantes y enterradores de asesinos. Algo tenemos que hacer”.

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