Alegrías sin garantía.

¿A quién mierdas le reclamas cuando las alegrías de la vida se descomponen, caducan, se vencen, se terminan, se atrofian? ¿A quién le reclamas con derecho? ¿A Dios, al gobierno, a tu familia, a tí mismo, a madam sazú, a la suerte, al destino, a la vida misma? ¿Qué ganas con reclamar a quien no te va a contestar? La vida no es algo que alguien te da, ni algo que tú tomas, no es algo que te permitan como tampoco es algo que tu reclames. La vida está ahí y es un juego, quizá de cartas. Las cosas que sabes tuyas son tus fichas, tus habilidades, tus características, las cosas buenas y útiles con las que naciste, aquellas que adquiriste cuando creciste y hasta las que, sin ninguna razón aparente, la vida te regaló. Pero hay algo que no esta ahí entre las fichas: la inteligencia, la esperanza, la creatividad, la memoria y la voluntad. Esas eres tú. Esas nadie las ve, nadie las cuantifica, nadie las percibe hasta que tú las usas y las dejas ver. ¿Y las cartas? Las cartas son los hechos cotidianos, diarios, los del presente de esa vida que te estás jugando. Son el cruzar las calles, el platicar con otros, las decisiones diarias en el trabajo o en la casa, cada beso y cada caricia, cada contacto con los que quieres, cada cosa que estás viviendo está en esa mano que sostienes. Quizás veas las caras, quizá las ignores, quizá veas las cartas de otros, quizá las ignores. Quizá alguien te ayude a terminar este juego o quizá todos estén en contra tuya. Lo curioso, y realmente importante, es que siempre hay un poco de suerte, ignorancia, magia detrás de todo este juego. Y eso le da sabor, emoción a este juego pero también le da un sabor muy amargo a las derrotas sobretodo cuando luchas demasiado por obtener una buena mano en el juego. Así que cuando salen mál las cosas ¿a quién reclamas? ¿Quién va a oír tu queja o tu ruego en toda su amplitud? Puedes maldecir a alguien, a algo o puedes maldecir todo. Nadie te va a responder, ni el que rostro tiene por no ser del todo él culpable y por tanto no aceptar tal carga. Y mucho menos ese cosmos, ese grandísimo universo que hoy se ha inclinado para aplastarte contra el suelo y que lo beses en lo más amargo.

Así que no voy a reclamar a nadie esta derrota. Se me acabó la alegría. Fue buena cosecha y mejor plato mientras duró. Siento emerger esta tristeza desde el fondo. En la luz como en la sombra veo surgir los ojos de las amenazas perennes. Me agazapo de nuevo listo para defenderme seguro, como siempre, de que será la misma lucha vacía e insondable de todas las veces. Rasgar la oscuridad buscando desgarrar el manto del odio, la desesperación y la tristeza, pero siendo golpeado una y otra vez por estos formidables amos del corazón humano. Algunas cosas salieron mal. Quejarse no tiene sentido. De nuevo hay que ponerse en guardia listo a recibir el golpe. Así pasa la vida. ¿De verdad vale la pena semejante condena? Supongo que no he aprendido a ganar y en cambio me he acostumbrado a perder. Poco a poco caen de su tallo las alegrías vueltas de cristal para chocar estrepitosa y fatalmente contra el suelo fragmentándose infinitamente. La esperanza que las sostenía en su lugar ante los vientos adversos se ha secado y ahora caen ya marchitas. No queda más que barrer sus restos y contemplarlas volverse polvo, como la vida misma se tornará algún día. Ese polvo que alimentará de nuevo las esperanzas cuyos retoños son hoy tan pequeños que aun no nos percatamos de su existencia. Bella imagen parece cuando así la piensas pero es falsedad para el alma débil que se agota con facilidad. Envenenado el tronco de su fe solo puede llenar de brebajes ponzoñosos a la inteligencia y a la volundad. Lastimar las nuevas hojas, hacerlas crecer ya feas y putrefactas desde que asoman sus primeros trazos. Así es toda esta planta, la de una vida maldecida con la tristeza, engendrando tan cerca de la muerte que se cree a sí misma muerta.

Mas no soy tonto o si lo soy al menos no muy plástico. Si acaso la oscuridad puede ser de verdad un tono representativo de esos borrosos males que enriquecen nuestra vida debo recordar que es tan sólo una metáfora. La vida no se encierra en imágenes sino que usamos las imágenes para transmitir la vida, a otros, otros que podemos ser nosotros mismos. Así es todo arte y todo grito necesitado de ser escuchado. No tornaré mi grito en mi vida pues vivir la imagen es convertirse en mito de sí mismo. Mas no puedo decirte tampoco qué será de mi vida. Solo sé que estoy aquí, con esta alegría moribunda entre mis manos. La última del invierno. Como los copos que bajo el imperio del sol mueren, como el árbol que llora resinoso ante la partida de aves y mariposas, como las últimas nubes de la temporada que suben alto, muy alto, para perecer como blancas sábanas rasgadas por las estrellas, así miro yo mi alegría enternecido de su orgullo que la hace reír una y otra vez quizá sin darse cuenta de su ineluctable fin o quizá disfrutando el orgullo msimo de fenecer a las puertas de una nueva primavera. No puedo evitar que se desvanesca poco a poco. Al menos le prometo que el día que encuentre una alegría más grande y radiante no la olvidaré y que rezaré su letanía de carcajadas y sonrisas al estrechar esa imponente sensación de vida. Y si no es así guardaré cada resto de esperanza, de esos que se derraman cada vez que muere una dicha, y lo depositaré en una vieja caja de cigarros; cuando al fin me encuentre ante el foso al final del callejón de mis días, sacaré ese retacerío exquisito haciendo de él un delicado pero elegante pitillo y lo prenderé con la última brasa en mi corazón. Que mi epitafio ante la vida no sea el polvo que deja esta herida carne y estos cansados huesos, que mi epitafio sea la ceniza del cigarro para llevarme conmigo mis tontos sueños.

Atte. SicariusD3VX
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