Enésima entrada (no es cierto, es la cien y algo)

 
No ruego al cielo, seguro como estoy de que no hay más que estrellas, vacío y otras cosas, pero ruego al tiempo al ser yo incapaz de penetrar de manera certera en sus designios. Ruego por otro tiempo, por otra vida, por menos dolor y más agonía. Ruego por ser otro como si ese otro que seré pudiera rescatarme a mí y no ser yo quien lo construya. Pero nadie escucha mis vanas plegarias, la soledad se incrusta en todos los huecos, el odio y el fastidio son mi pasatiempo. La soledad me lastima y la compañía me tortura. La desesperanza me vacía y la fe me hastía. El cariño me asquea y el odio me entristece. La indiferencia me subyuga.
 
…Silencio… nada más que silencio… ¿lo imaginas? La belleza del silencio, del vacío. No el silencio estruendoso de los campos con sus chicharras cantantes y sus grillos rebozantes. No. Tampoco el silencio del agua con sus bajos y sus gruesas voces, difuminado en las sombras del escándalo del mundo. No. Menos el silencio artificioso de los hombres, seco y tosco, encerrado y preso. No. El silencio de la muerte. Ese silencio que quizá los sordos conozcan. ¿Te das cuenta cuán temible es la belleza?
 
¿Cuál es la gloria del hombre? La gloria del hombre es poder creer y descreer de su propia gloria. Los conocimientos se tornan mentiras con el tiempo, los valores se esfuman ante la realidad azarosa, la razón se muestra pequeña contra las situaciones más cotidianas, las máquinas y todas esas creaciones humanas tienen sus límites bien marcados al igual que nuestra efímera mano que se tornará polvo cuando yasca bajo tierra. Pero la fe, no sólo la de un dios, sino la confianza y la esperanza, la capacidad de creer que algo existe y que seguirá siendo tal cual, esa fe mueve montañas, engaña, libera, muestra, devela, oculta, mata.
 
Soñé tu rostro, soñé tu sonrisa. Soñé que me abrazabas y que me decías: tu eres para mí una melodía. Entonces soñé que me ahogaba, soñé que te perdía, que la muerte me alcanzaba y que tan sólo respondía: yo te amo más allá de lo que yo me quiero, por eso no estaremos juntos por eso mejor despierto.
 
Soñé tu rostro, soñé tu sonrisa. Soñé que te abrazaba y que te decía: tu eres para mí una melodía. Entonces soñé que me ahogaba, soñé que te perdía, que la muerte me alcanzaba y que tú me respondías: sólo mientes, tan sólo buscas compañía. No me amas, no te amas, ya despierta pues es falsa tu agonía.
 
Me cago en Dios – Eric Cartman
 
SicDe
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