Anécdotas de sangre

Paseando en el metro tranquilamente mi mente se deleitaba en la lectura de un texto marxista. Un llamado a acabar con la injusticia y la desigualdad, también a luchar contra la vorágine autodestructiva del capitalismo. Es un texto de hace 20 años. Mientras, enfrente de mí, cuatro jovencillos inmigrados de alguna sierra regresan a lo que llamen su casa o su refugio después de un día de limosnear aquí y allá. Junto a mí, sentado en el suelo, un joven intenta perderse en la demasiado efímera fantasía de una estopa adentro de su puño. Más allá un sujeto se desnuda el torso para acostarse sobre unos vidrios mientras, oh gran proeza, silba. Después de él un joven trajeado saca un altavoz y habla acerca de la palabra de Dios, de la necesidad de la confianza y amor por Cristo para ser salvados y nos reparte amablemente unos volantes mientras su advertencia me suena tan amenazante como la de aquel que prefiere andar de fakir que andar robando a la gente.

Ayer contemplaba el fin del amor, o quizá tan sólo su otra cara. Véía como el amor se transforma y muta en una bestia voraz que nos hace llorar y morir de angustia cuando tenemos que sustituir el deseo de la piel desnuda y los perfumes nuevos para nuestra memoria por anhelos fijos y sueños de largo plazo. Como intermedios de la tragedia parejas núbiles y ancianas sentadas en las bancas de los parques besándose apaciblemente, buscando en los ojos del otro un descanso a sus ajetreadas almas urbanas.

El extraño fenómeno del último vagon del metro en estos tiempos. Ahí donde antaño era refugio de jóvenes que estaban o al menos se sentían marginados del sistema, donde los hombres se refugiaban en sus soledad cansada con sus ojos agresivos dormitantes mostrando su machismo aplacado después de un día de trabajo, donde las mujeres solitarias se dedicaban a recargarse en las puertas a pensar mirando a la lejanía que se extendía menos de un metro afuera del vagón, ahí en ese recóndito lugar de lo prohibido establecieron su patria y su voz los homosexuales, particularmente los hombres. Los que eran minoría en nueve segmentos de un transporte ahora han decidido ser ahí la mayoría… y yo me carcajeo. Las bandas se sienten expulsadas, los machos se sienten amenazados, algunas mujeres han decidido desparecer de ahí -me aventuro a pensar que se termina el espacio de abandono que les daba estar indefensas, hembrismo particular- y ellos ríen y se besan, algunos ligan o acosan, al fin de cuentas hechos mayoría demuestran ser otros simples y vulgares humanos.

Una mujer grita, está molesta, hace señas al aire, llama al policía de la estación. Un jóven bien vestido le dirige unas palabras con un gesto nervioso. El policía se acerca, la mujer le indica que el caballero la ha acosado, hace señas, al parecer le ha tocado las nalgas. Ella está enojada y a la vez nerviosa, saca su celular y hace una llamada. El policía le pide una explicación al hombre quien dice no haberle faltado el respeto a la señorita. El policía le habla a un agente del metro, el joven se pone nervioso. El policía regresa con la dama mientras el joven saca su celular para hacer una llamada mientras es cuestionado y custodiado por el agente. El policía les indica que pasarán al otro anden, el joven desesperado le ruega a la señorita: "es una equivocación" le dice. Toman las escaleras eléctricas. Se apartan de mi vista. Su destino está marcado.

Un amigo me decía "si quieres vieja tienes que tener dinero, eso es un hecho". Muchas veces pienso, con reservas, enojo y hasta con remordimientos: ¡cuánta razón tiene!

Hace días un hombre intentó ligarme. Solo, pasando los cuarentas, oliendo a mezcal, cariñoso, con un tono cubano o al menos costero, de tez clara quemada por los años y el alcohol. No se le hizo. Me halagó, me piropeó, fue muy atento. Le agradecí el halago y decliné amablemente la invitación. Yo tenía una sonrisa entre lo inesperado, lo chusco y lo "galante" de la situación. Cuando me despedí pensé largo rato. ¿Cómo solucionas el cariño que es una cuestión de deseos, de etiqueta, de morales? ¿Cómo reclamamos algunas veces el deseo y otras lo vemos con desagrado? ¿Cómo podemos pensar que hay algo de bueno en intentar amar a otra persona?

Mi amiga me dijo algo así como ¿para qué podemos querer las mujeres pagar por ver hombres desnudos bailar si es bien fácil conseguir uno que traiga ganas? Me reí. Quizá tiene razón. Quizá no. Ella sabe que su razonamiento es práctico y sin embargo incompleto. A la farsa del deseo se le suma la farsa de los roles de género, se multiplica por la del cariño y finalmente se exponencía por cero lo que es equivalente a ese uno que somos, solitarios desde que nacemos hasta que perecemos.

Hoy está poniéndose de moda entre las mujeres calificadas de hermosas ser o al menos confesarse bisexuales. Pero los hombres no pueden serlo. Que estupidez. Enarbolando banderas estúpidas de liberalidad o libertinaje sexual cuando casi todas corresponden a modelos de belleza clasemedieros supuestamente progresistas en estos campos. Solo es mercancía de cambio para el machismo internacional con capacidad de consumo. El cuerpo de los hombres debe seguir siendo sexualmente atrayente por eróticamente desagradable y primariamente heterosexual.

Un chavo se detiene junto a mí, su camiseta está roída y sucia, se notan sus huesos a través de la camiseta y su pelo esta sucio y trasquilado. Extiende la mano, en la punta del dedo lleva una calcomanía, me la pega en el pantalón. Un corazón que dice "Te quiero". Lo veo, no sé si darle una moneda. Se va a seguir repartiendo, no puedo dejar de verlo, el dolor y la impotencia se pelean en mi mente con mi falsa conmiseración y mi descargo de consciencia que están en darle una moneda que no lo sacará del hambre y menos de las calles. No puedo dejar de verlo, viene hacia mí, detecta mi mirada, piensa que lo voy a agredir, se abren las puertas y se baja. Me he quedado con este recuerdo. Un corazón que me salió gratis. Que ogete me siento.

Hay días que me levanto con ganas de satisfacer mi líbido a través de la vista. Hay días que sinceramente detesto pensar en mujeres. Hoy no es así. Veo damas de porte orgulloso y aparentemente desenfadado, con el gracioso porte de suponerse parte de una clase privilegiada en sus maneras juveniles y "libres". Me gusta por cómo se mueven sus redondeados glúteos y como anteponen el pecho. También se aprecian damas de pesado caminar, casi masculinas en su andar, retadoras de un mundo del que seguramente forman parte mis inquietos ojos. Me encantan sus brazos y el movimiento de sus piernas. Y también se deslizan mujeres despreocupadas y de tersa piel, sin la soberbia de las primeras ni la agresividad de las segundas. Introspectivas de cierta manera por sus preocupaciones aparentemente al margen de su entorno pero sin tanta enajenación. De éstas hay muchas, me gustan sus cuellos y sus hombros. Hay ejecutivas o sencillamente trajeadas y núbiles doncellas con el despertar de la sensualidad irradiando de su piel y su cabello. Y luego pienso que son personas que se quejan como yo, que se hastían como yo, que se desesperan como yo, que necesitan cosas como yo, después de unos momentos me dan náuseas y se me quitan las ganas de conocerlas.

Un día regresaba en bici y al rodear un micro contemplé una forma sin forma volando por el aire en una media parábola que fue a parar cerca de donde yo circularía. Se estrelló y salpicó de rojo hacia varios lados. Era sangre. A unos pasos dos hombres discutían. Uno era bastante gordo y jóven, rebasaba los 20 años y por igual los 120 kilos. Su rostro se encontraba completamente desfigurado a golpes. Otro lo detenía mientras insultaba a su agresor. Un hombre mayor, de cabello aún negro y chino que lo esperaba mientras lo desafiaba orgulloso. Era considerablemente menor en peso y en agilidad pero obviamente mucho mejor con los puños. Apenas y tenía amoratado un ojo. A pesar de su bravata el joven no se acercó y el viejo se fue alejando. De pronto me dí cuenta que formaba parte del coro de la obra, un coro emocional donde nadie hablaba pero con las miradas todos incitaban la furia de sus corazones y la violencia de los contendientes. El coro se desvaneció junto con el objeto de sus miradas, cada quien volviendo a sus actividades. Yo continué pedaleando y la mancha roja en el pavimento esperando a ser lavada por las gotas que empezaban a caer del cielo.

Y en cada cosa de éstas mi mente se ocupaba de ella. Nunca la deja, está aquí entre las palabras y está allá donde la recuerdo. Inocentemente esta mente le ordena a mis manos que saquen el celular. Las manos discuten con la cabeza qué palabras deben ser colocadas en el mensaje y en qué orden. Después de una acalorada polémica se logran enviar. El corazón no espera nada así que seguimos observando el diorama de una realidad que seguramente ha de ser mucho más caótica. Luego de un rato el celular vibra, la mano lo extrae de su escondrijo, es un mensaje, es ella, ya nada más importa puedo continuar en paz.

Atte. SicD

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