Perredismo: ¿alguien sabrá qué significa pensar?

Perredismo: ¿alguien sabrá qué significa pensar?*
Gerardo de la Fuente Lora**
 
El objetivo de la política consiste, para los perredistas actuales, en lograr bienes y prebendas económicas para sus huestes. La efectividad de la acción se mide por la cantidad de satisfactores obtenidos. Tal finalidad es, incluso, superior a la de la obtención del poder político. Todo puesto puede negociarse si a cambio se logran las suficientes regalías. No hay nada inmoral en ello, se piensa, pues no existe ningún horizonte a alcanzar. No hay lugar para revolucionarismos de ningún tipo.
En una entrevista reciente, publicada por La Jornada, la escritora colombiana Laura Restrepo observó que en política lo ético consiste en luchar por tomar el poder. Las fuerzas que no actúan políticamente para ganar el poder, como las FARC por ejemplo, se degradan, se corrompen, se pudren. El PRD, concebido por sus dirigentes como agencia de colocación y reparto, se descompone y hunde en la inmoralidad. La ausencia de perspectiva transformadora radical y reducción economicista de su actuación obedecen, me parece, la pronto desdibujamiento en su seno, desde los orígenes del Partido, de l tendencia político-ideológica proveniente del marxismo.
En efecto, al momento de la formación de las primeras corrientes –las ahora llamadas comúnmente “tribus”- la de los comunistas fue la única que, desde el principio, mostró abiertamente su incapacidad para consolidarse, para darse una organicidad mínima y sobrevivir como fuerza influyente y reconocible en el naciente PRD. Los que habían sido miembros del Partido Comunista Mexicano (PCM), a cuya generosidad se debía que el agrupamiento encabezado por Cuahutémoc Cárdenas contara con el registro requerido para participar legalmente en la vida pública, no compartían los elementos programáticos ni los intereses mínimos para agruparse. Situación que vista hacia atrás resulta sorprendente, toda vez que el PCM, al momento de su disolución, en 1981, para dar paso al Partido Socialista Unificado de México (PSUM) era un organismo que contaba con más de sesenta años de historia, una tradición organizativa, un vocabulario común y una estructura territorial y sectorial que cubría prácticamente todo el territorio nacional. La formación del PSUM significó la integración de un importante grupo de intelectuales nacionalistas democráticos a la lucha de los viejos marxistas leninistas; la posterior creación del Partido Mexicano Socialista (PSM) permitió la suma a ellos del socialismo popular del Partido Mexicano de los Trabajadores, encabezado por Heberto Castillo. La creación de organismos de confluencia cada vez más amplia, orientados a la búsqueda de la transformación social revolucionaria por vías democráticas, había sido teorizada, desde 1976, por Gilberto Rincón Gallardo en un texto titulado “La vía mexicana al socialismo” y ratificada como línea a seguir por el XVI Congreso del PCM.
Y sin embargo, decíamos, al momento de la formación del PRD, la corriente del comunismo marxista prácticamente desapareció como parte de la identidad del nuevo agrupamiento político –o sin antes, claro, haber dejado en manos de los ahora dirigentes una estructura burocrática desideologizada (comités, comisiones, asesores, asistentes) de cuya afanosidad hormiguística depende hasta nuestros días, para bien y para mal, la supervivencia cotidiana del partido. Hoy cuando se ha vuelto corriente dudar del carácter izquierdista del PRD e incluso de la existencia de una izquierda real en nuestro país, vale la pena indagar las razones y los efectos del borraimiento del socialismo radical como uno de los componentes del pensamiento posible para nuestra sociedad. Aunque el tema es complejo y requiere varias investigaciones, es posible resaltar al menos dos elementos a tomar en cuenta.
En primer lugar, la caída del socialismo real y la crisis del marxismo constituyeron, sin duda, factores muy importantes. La lucha contra el fraude electoral de 1988 y la urgencia de terminar con el régimen de partido de Estado; las grandes movilizaciones que trajo aparejada la candidatura de Cárdenas y luego la resistencia al salinismo, crearon una atmósfera fragorosa, de emergencia permanente, en la que nadie tuvo tiempo de sentarse a reflexionar sobre las consecuencias de la ya inocultable inactualidad de la Revolución. Poner la palabra en el nombre del Partido fue lo más que lograron los viejos luchadores de antaño, mismos que, entre los comienzos del esfuerzo unitario y su culminación, se quedaron, con la caída del muro de Berlín, sin línea ni herramientas teóricas que ofrecer a la nueva organización política. Por ello, seguramente, nunca lograron encarnar una verdadera corriente o tribu.
El carácter ideológico de los afluentes que dieron lugar al PRD también fue un elemento importante, toda vez que la mayoría de ellos ostentaron en su momento, sin recato, un carácter anticomunista. El primero de ellos, desde luego, la Corriente Democrática encabezada por Cuauhtémoc Cárdenas. El hijo del general se dedicó, desde la dirección del partido, a desbancar y eliminar sistemáticamente a la dirigencia proveniente de la izquierda socialista. A tal propósito contribuyeron eficazmente los que llegaron al perredismo desde las formaciones de izquierda que anteriormente habían sido enemigas sistemáticas de los comunistas. Los que militaron en el Partido Socialista de los Trabajadores, por ejemplo, ocuparon en el nuevo partido posiciones de alta dirección que no correspondieron a sus aportes históricos a la transformación democrática ni al pensamiento progresista pero fueron alentados, promovidos y cobijados por los expriístas.
La desaparición de la izquierda marxista en su seno marcó el devenir del PRD porque con ella se perdió la visión de un horizonte de transformación a largo plazo. A diferencia de los comunistas que buscaban con su práctica la formación del proletariado como sujeto histórico, las nuevas corrientes entendieron que su relación con la sociedad era de representación y gestoría. Un líder del PRD lo dijo con claridad hace muy poco. “Aquí –afirmó- todos tenemos base social” (léase clientelas). A la vez, un nihilismo pragmático general –una suerte de extremo cinismo- emanado de las luchas simplemente reivindicatorias y particulares, trajo consigo una práctica de la política como empleo, como actividad profesional equiparable a cualquier otra y no regida, desde luego, por la finalidad de tomar el poder para cambiar el mundo. La degradación político moral sentó entonces sus reales. Ante esa situación, los vestigios de lo que fue la izquierda revolucionaria, cuando intentan recuperarse e influir de nuevo en el Partido lo hacen hoy, de ordinario, de manera torpe y descaminada. Se dejan arrastrar, con frecuencia, por los infantilismos que antes, en otro tiempo, hubieran denunciado. Su acción, con ser extremadamente valiosa como denuncia de las peores prácticas de la podredumbre perredista, es ineficaz porque los herederos actuales del PCM no se han puesto a realizar un balance de lo que fue el fin del paradigma revolucionario, ni han elaborado las alternativas para una nueva teoría de la transformación social multidimensional. Teoría que ha de incluir, desde luego, una estrategia sólida y profunda para la toma y construcción de un nuevo poder.
Antes, cuando Lenin vivía, no había acción revolucionaria sin teoría revolucionaria. Hoy, en el PRD, al parecer nadie sabe, ni quiere saber, qué significa pensar.
 
 
*Publicado en el metate, periódico de la Fac. de Filosofía y Letras, CU.Año IV No. 26
**(Profesor del Colegio de Filosofía de la FFyL de la UNAM)
 
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2 Respuestas a “Perredismo: ¿alguien sabrá qué significa pensar?

  1. Siento que me voy a ver en graves predicamenteos cuando lea a Gramsci y quiera conciliarlo con mis pensamientos de un lado de alternativas (la parte de mi conciencia que apoya al EZLN) y la de continuidad medianamente ética (mi apoyo al PRD). Estos dos no se llevan, apoyo al PRD por su cercanía, porque conozco sus logros y sus descaros, quisiera poder decir lo mismo del EZLN, ver el trabajo en los caracoles, saber que esa alternativa si funciona, aunque me cuesta trabajo la parte donde no hacen el trabajo político para aspirar al poder. No creo quesu planteamiento sea utópico, sólo creo que se dejan sin dejarse en manos de un mundo que terminará aplastándolos y que ellos podrían dejarse ser aplastados pero teniendo una repercusión más amplia en este mundo. Pero con la resitencia: siempre adelante.

  2. Todo movimiento de resistencia está destinado al fracaso por la verdadera naturaleza del humano: la busqueda del poder absoluto sin necesidad de un cambio real a priori.Esa es la tristeza de tantas cosas…

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