Sin ahondar en mi melancolía…

 
Atendiendo a la petición de una persona mil veces querida y estimada, trataré de no recalcar las tristes facetas de mi persona en mis vulgares escritos, pero en lo que me resgno a tal designio y planeo como cambiar mi expresión por escrito les dejo estos poemas acerca de nuestra bien amada señora:
 
RAMÓN DE CAMPOAMOR
 
Lo que se piensa al morir
 
Cree la vulgar opinión
que el alma de un moribundo
piensa, más que en este mundo,
en Dios y en la Salvación.
Oye, Leonor, la canción
que hirió el pensamiento mío
al son del eco sombrío
de mi funeral campana:
-Cucú, cantaba la rana,
cucú debajo del río
 
Partiste y del sentimiento
en cama enfermo caí,
y cuando al exhalar por ti
iba ya mi último aliento,
embargó mi pensamiento,
en vez de tu amor y el mío,
este cantar tan vacío
que oí de niño a mi hermana:
-Cucú, cantaba la rana,
cucú debajo del río
 
Y como todo el que olvida
es de salud un dechado,
después que te hube olvidado
colcí otra vez a la vida.
Aún vivo muerto, querida,
pensando con hondo hastío
que tú, en vez del canto mío,
oirás, al morir mañana:
-Cucú, cantaba la rana,
cucú debajo del río
 
¿A qué tan grande inquietud
para llenar la memoria
de tantos sueños de gloria,
de amor y de juventud,
si, al llegar al ataúd,
podrán tu pecho y el mío
no oír más que el tema frío
de esta canción de mi hermana?
-Cucú, cantaba la rana,
cucú debajo del río
 
GUILLERMO BLEST GANA
 
A la muerte
 
Seres queridos te miré sañuda
arrebatarme, y te juzgué implacable
como la desventura, inexorable
como el dolor y cruel con la duda.
 
Mas hoy que te acercas fría, muda,
sin odio y sin amor, ni hosca ni afable,
en ti la majestad de lo insondable
y lo eterno mi espíritu saluda.
 
Y yo, sin la impaciencia del suicida,
ni el pavor del feliz, ni el miedo inerte
del criminal, aguardo tu venida;
 
que igual a la de todos es mi suerte:
cuando nada se espera de la vida,
algo debe esperarse de la muerte.
 
ANGEL CRUCHAGA SANTA MARÍA
 
Muerte de Noche
 
Su vestidura adormeció a la muerte,
ella vestía de amatista y oro.
Eran sus ojos en la noche verdes.
¡Yo no puedo olvidarme de sus ojos!
 
Yo la he querido, la he querido siempre.
La vi en las alamedas del otoño.
Como una flor se me prendió en las sienes
y en la desesperanza de mi rostro.
 
Ahora en mí, llorando, permanece.
Cuando cierro los ojos la conozco.
Tiene el andar de humo de la muerte.
Es un sollozo y vive en un sollozo…
 
Esta noche gris mis lámparas conmueve.
Yo soy el grito que no halló el reposo.
Yo la he querido, la he querido siempre
¡Oh mi adorado trébol melancólico!
 
En esta noche que cenizas llueve
(antes llovía su cabeza en mi hombro)
¡dime tú cuando se entrará la muerte
por esta casa para estar más solo!…
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