Подмосковные Вечера

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A veces me levanto con ganas de encontrar una pistola al lado de la cama, a veces me levanto queriendo regalarle pistolas a todo el mundo para que se dispare (ese es mi estado de alegría). Me estoy cansando, quisiera sólo uno de ambos estados, o mejor aún quisiera abrir los ojos y ver que todo está bien en otros ojos y saber que no importa cuan mal salgan las cosas ese día, esos ojos me esperan para acompañarme a las tierras de morfeo y traerme de vuelta a este limbo de pasión y crueldad. Cuando camino entre las muchedumbres matutinas, imagino que esos ojos estarán en alguna esquina o quizás en algún automóvil. Cuando el sol se apaga en los lejanos mares imagino que esos ojos aún se pueden encontrar en una esquina o en la discreta ventana de un callejón.

Pero nada de eso sucede, son esperanzas falsas e hirientes. Los ojos añorados son los ya conocidos, quizá por ello ningunos ojos llenan ese espacio vacío al iniciar y al terminar el día. Podría buscar en voces y en tactos pero sé el resultado de antemano porque los caminos recorridos siempre se prenden del dobladillo de la conciencia y arrancan poco a poco la voluntad de vivir nuevas cosas y nuevas aventuras y nos dejan, mientras nos empujan a la vejez, con las ganas de volver al pasado y redescubrirlo de su manto de seda con el que se taparon tantos secretos inentendidos. A pesar de ello, la búsqueda es divertida, en lugar de la mezclilla y las botas tengo un pantalón de buen corte y unos mocasines impecables. Y en mi cabeza la gorra se transforma en un sombrero mientras me coloco el saco sobre los hombros. Cual si operara un milagro los hombros suben y el paso se vuelve delicado y seguro mientras comes calles y kilómetros buscando el brillo anhelado, tiro al blanco y huella de esperanza.

Si de casualidad recuerdo las joyas que en tu visión perdí, o si de casualidad me acuerdo que no visto ningún traje o sombrero, aún quedará un mínimo escape de seguridad: el pensar, el sentir, el vivir que las cosas sangrantes de mi alrededor disfrutan de así pasar día tras día, de que la miseria y la podredumbre tienen en el fondo el secreto de la alegría y la felicidad. Así caminaré hasta olvidar la búsqueda y pensar sólo en mover los pies a este ritmo, que el karma desaparezca, sólo quiero dormir sin voltear a ver si mi reflejo en las pupilas soñadas es perceptible y perderme en esta música al ritmo de las gotas de lluvia en lugar de los copos de nieve. El frío y la soledad no importan cuando mis manos tararean y mis pies canturrean la síntesis de esta búsqueda fallida, de esta esperanza perdida.  Adios digo a la vida sin por ello morir, dos minutos y cuarenta y nueve segundos para ir al cielo y pasarme en los infiernos donde no hay ojos divinos ni recuerdos ardientes sino tan solo nubes y brasas tan secas y vacías que yo las nombro las gemas de la alegría.

Atte. Murometz·Blood

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